Aprendizajes de la historia y revoluciones del futuro por Andrés Pallaro

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El porvenir será amigable con proyectos innovadores pero sensatos, capaces de acelerar las evoluciones de ese largo camino de la humanidad hacia el progreso

 

Silvio RodíguezSilvio Rodíguez

Silvio Rodriguez es un enorme artista. Sus canciones emocionan hasta lo más profundo. Hace décadas es uno de los cantautores más representativos del arte comprometido con la realidad social, desde una perspectiva ideológica de izquierda. Si nos importa el progreso social y nos duele la pobreza, imposible no sentirnos conectados con historias de sus melodías: hombres comunes viviendo con dignidad, hábitos sencillos fuera de las redes de consumo, orgullo de un país libre de órdenes desde el exterior, nostalgia por la “cruda economía” a transitar para vivir, amistad y solidaridad entre personas que conforman comunidades doblegando al egoísmo. Y por qué no, hasta aquella mirada cándida de quienes consagraron su vida a proyectos revolucionarios presente en Tonada del Albedrío: “Al buen revolucionario sólo lo mueve el amor”.

Cuando la música se detiene y pasamos del terreno del arte al de la acción colectiva y la construcción política, la cuestión se pone un poco más compleja. Modelar un hombre nuevo liberado de miserias, diseñar sociedades más justas y controlar los excesos del crecimiento económico han sido históricamente las consignas de movimientos y proyectos inspirados en aquellas ideas y valores que florecen en las canciones del gran Silvio. Pero tanto para los que llegaron al poder de forma democrática, como para quienes encabezaron revoluciones y quienes se quedan en simples movimientos críticos y reaccionarios, la restricción principal siempre es la misma: la capacidad de diseñar desde la cima del poder la vida de las personas y la dinámica de la economía y la sociedad siempre son limitadas y llevan a una brecha creciente entre intenciones y mandatos oficiales, por un lado, y la complejidad de la realidad que se escurre por sus múltiples ventanas, por otro.

Son tiempos donde el experimento cubano parece ingresar en su fase final de reformas a través del VIII Congreso del Partido único de la isla mientras la versión menos épica y consistente de autocracia socialista en Venezuela va camino a una dolorosa implosión; tiempos en los que emergen en el mundo nuevos enfoques socioeconómicos motivados por el crecimiento de las desigualdades y las consecuencias de la Pandemia; tiempos en los que las sanas corrientes de pensamiento y acción vinculadas al Triple Impacto y las formas más equilibradas de gestionar el crecimiento económico corren el riesgo de caer en manos de líderes populistas que las simplifican para ponerlas al servicio de sus ambiciones de poder; tiempos en que los casos de capitalismo autoritario que describe Branko Milanovic (China, Rusia, etc) delinean nuevas maneras de ecualizar libertades y controles en sus tableros de comando. En estos tiempos, es muy necesario actualizar el debate acerca de esta constante disyuntiva de la historia humana: cuánto margen realmente tiene la política para definir proyectos de progreso social y dirigir los esfuerzos colectivos hacia propósitos comunes.

Thomas Hobbes expresó hace casi tres siglos en el Leviatán que la vida humana era “solitaria, pobre, asquerosa, bruta y corta”. No hemos salido de esta categoría tan miserable fruto de un proyecto mesiánico, un designio divino o una serie de revoluciones exitosas. Las personas fueron ganando dignidad y derechos, las sociedades se fueron haciendo menos violentas y los nobles, terratenientes y poderosos fueron perdiendo privilegios feudales gracias a un largo y sinuoso devenir, fundamentalmente en buena parte de los siglos 19 y 20, en el que ideas, liderazgos e innovaciones se fueron conjugando con distintas intensidades, posibilidades y aciertos en el mundo. La vida transcurre entre saltos y continuidades, en un camino de evolución que no tiene un libreto predeterminado ni responde siempre a las bien intencionadas decisiones de quienes intentan moldearla desde arriba. Más aún en nuestras sociedades estructuradas en base a ciencia, tecnología y conocimiento, pues a mayor sofisticación y complejidad mayor son las dificultades para dirigirlas verticalmente.

¿Significa esto un acto de resignación frente a los acontecimientos y las fuerzas de la historia? ¿Significa renunciar a la capacidad humana de transformar las realidades? ¿Significa que debemos claudicar en la eterna intención de llevar nuestras vidas hacia mayores niveles de bienestar? ¿Significa una aceptación de la degradación de la política frente a las fuerzas del mercado que todo lo transforman? Significa más bien un acto de aprendizaje acerca de los códigos que parecen regir la vida en sociedad y la gestión de los asuntos colectivos. Los liderazgos y proyectos políticos no tienen por que ser estériles ni intrascendentes. Para evitarlo, deben estar urdidos por la paciencia para la transacción generosa de intereses contrapuestos, la aceptación de que no puede dirigirse desde arriba la dinámica económica sino más bien aspirar a inteligentes marcos de incentivos y regulaciones, y la determinación para construir síntesis inclusivas en el marco de la diversidad social. Esto implica resignar pretensiones de crear hombres nuevos, comenzar todo de cero o decretar nuevos regímenes a fuerza de discursos y relatos.

Diría el irreverente Nietzsche que la fuerza humana justamente reside en el “querer actuar” en realidades que distan mucho de ser armónicas y equilibradas. La afirmación de la vida dejando atrás estados contemplativos o reactivos consiste en actuar bajo las complejidades que nos tocan y que no siempre está en nuestras posibilidades cambiar. Actuar y liderar sin crear mundos imaginarios ni hacer la trampa de dejar afuera la parte de la realidad que no nos gusta. La vida no es perfecta, pero tampoco un problema a resolver. Es más bien una aventura a transitar con voluntad y creatividad. Vaya si vale la pena invertir tiempo en entender a este pensador alemán que tanta aversión despierta en devotos religiosos y que suele ser tan mal interpretado. Desde una óptica menos compleja, otro alemán como Max Weber nos dejó el siempre vigente concepto de “ética de la responsabilidad”, que también refleja esa capacidad de quien hace y lidera para lograr resultados en el marco de las restricciones de la realidad, trascendiendo el plano de menor fricción propio de las ideas y las convicciones. Dejemos la belleza para el arte. La política debe ser factible y lograr resultados en el terreno real, no en el plano de los relatos.

Bajo esta perspectiva y ante el evidente fracaso de experimentos que intentaron aquellas utopías de crear nuevas sociedades desde arriba, podríamos concluir que las revoluciones y proyectos mesiánicos son fenómenos del pasado sin lugar en el futuro. Difícil hacer proyecciones en un mundo que siempre reserva espacio para la sorpresa y los cisnes negros. Pero contamos con suficientes señales como para apostar que prevalecerá el aprendizaje. El futuro será amigable con proyectos innovadores pero sensatos, capaces de acelerar las evoluciones de ese largo camino de la humanidad hacia el progreso y que la Pandemia ha venido a sacudir tan fuertemente.

Las revoluciones del futuro serán menos ruidosas y violentas, pero más efectivas y consistentes. Serán iniciativas de aceleración de la evolución que la Humanidad siempre incuba. Serán proyectos colectivos liderados por personas sensatas que encuentren las palabras y los testimonios acertados para invitar a las personas corrientes a superar enconos clasistas, entendiendo el malestar que generan las asimetrías del cambio tecnológico acelerado pero dejando atrás el odio propio de relatos de conspiraciones y explotación de los poderosos, para concentrarse en caminos de progreso que llevarán tiempo y esfuerzo, pero en el que no estarán solos porque el Estado dejará de ser un campo minado por intereses sectoriales que casi nunca llega a tiempo para resguardar y proteger a las personas.

Serán también saltos evolutivos que consoliden el movimiento imparable hacia un capitalismo más consciente, de partes interesadas, responsable por llevar la innovación tecnológica y la capacidad para generar riqueza hacia todos los sectores de la sociedad. Los proyectos políticos que aceleren la evolución serán artífices de la construcción de puentes mucho más efectivos entre el fantástico mundo de la creación de valor privado y las externalidades que deben generar hacia quienes más dificultades tienen para subirse al tren del progreso y quienes necesitan segundas oportunidades en tiempos de expansión exponencial del trabajo independiente y por cuenta propia.

Las revoluciones del futuro serán proyectos progresistas sin necesidad de etiquetas ideológicas, que logren mecanismos accesibles y escalables para formar a las personas en las nuevas habilidades que se requieren, que sean capaces de ponerse al frente de la adopción de nuevas tecnologías forjando estrategias para aprovecharlas con enfoques que pongan a las personas en el centro y que no renieguen de los mercados sino que los protejan para que fluya la competencia mientras colocan diques regulatorios frente a las pinzas del crecimiento desmedido.

También lo serán aquellas iniciativas de evolución que logren generar los incentivos adecuados para que florezca la promesa de esa economía capaz de crecer cuidando el ambiente, apalancada por las destrezas de la inteligencia artificial y la potencia de las nuevas energías. Capaz también de ayudar a definir esos nuevos trabajos mediados por tecnologías en todas las industrias para que el mercado los pueda multiplicar, pero también capaz de cocrear con el sector privado nuevos modelos de sustentabilidad y empleo para sectores esenciales que tanto valor tienen para entregar como educación, salud, ancianidad, urbanismo, cultura, etc.

En definitiva, los aprendizajes de la historia y la asignatura superior que puede significar la Pandemia, deben permitirnos superar ese pretendido monopolio de la sensibilidad social por parte de proyectos radicales y populistas, reconociendo que puede estar presente de forma más eficaz en proyectos menos radicales, que combinan la audacia para proponer y explicar cambios necesarios para el progreso y el dominio de la realidad siempre compleja en la que deben operar.

Adoramos a Silvio Rodriguez, pero hacia el futuro resuenan las palabras de Gustavo Dudamel, músico venezolano recientemente nombrado Director de la Orquesta musical de la Ópera de París, en el diario El País de España: “La palabra evolución es fundamental. A través de la evolución también se puede provocar. A veces, queremos que los procesos de cambio sean inmediatos. Pero, a veces, cuando se hacen así, no se entienden, porque no tienen profundidad y se desvanecen. Es como reparar algo a medias: dura un tiempo, pero acaba saliendo más caro. La transformación debe responder a un proceso de pensamiento colectivo, de intercambio de ideas, de mayor solidez. No creo en los radicalismos, porque nunca funcionan en ningún aspecto del desarrollo de la humanidad. Lo radical nunca trasciende, nunca deja una base”. El arte no sólo emociona, también puede ayudar a reafirmar los aprendizajes de la historia.

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