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Comunicar en tiempos de coronavirus, una responsabilidad central

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INFODEMIA Y DESINFODEMIA, LAS PANDEMIAS INFORMATIVAS
Imagen ilustrativa. (Infobae)

En el marco de la conferencia de prensa llevada adelante durante esta mañana por el Ministerio de Salud Pública de la Nación en contexto de la actualización de la situación epidemiológica diaria, Pablo González, uno de los fundadores y directores de “El Gato y la Caja”, un espacio de comunicación basado en la investigación de diversos temas, encomendó una serie de precisiones vinculadas a las formas de comunicar desde los medios, o el uso de los nuevos canales que en determinadas situaciones hacen brotar una crisis paralelas a la sanitaria.

Atendiendo a este escenario, González recogió un término acuñado por la OMS, la ‘infodemia’, el cual se propone basado en dos ejes, la sobreinformación y la desinformación. “Enfrentamos un desafío comunicacional que se afronta por como nuestras ideas van cada vez más rápido y cada vez más lejos”, indicó.

“El primer desafío es mantener el volumen de información al que nos exponemos bien manejado, una situación como esta nos pone en alerta y nos genera ansiedad”, explicó, y remarcó que “es importante mantener a raya nuestra dieta informativa”.

“Una pandemia no es una carrera de cien metros, y el minuto a minuto no sólo no es relevante, sino que es contraproducente”, sostuvo González, ante lo cual, recomendó regalarse cierto tiempo “para pasar lejos de las pantallas, tiempo introspectivo, para pensar la información y cómo nos sentimos ante esa situación”.

Pablo González de ‘El Gato y la Caja’ participó de la conferencia de prensa matutina junto a referentes del Ministerio de Salud de la Nación.

Respecto a la desinformación, otro de los pilares de la ‘Infodemia’, subyace en paralelo como otro espacio de relevancia ante la coyuntura actual. “La desinformación toma muchas formas”, asegura González, y agrega que “el factor principal para una noticia falsa es que resuene con nuestros miedos, con nuestras ilusiones o con nuestros prejuicios”.

Este escenario, profundizado altamente por las cualidades de las redes sociales y las nuevas tecnologías que devienen de la globalización, marca, en palabras del investigador, “la proliferación de noticias falsas y de manipulaciones con discursos altamente polarizantes”.

“Cuando más rápido nos estimula una idea, más rápido le vamos a dar valor de verdad y más rápido vamos a querer compartirla”, remarca, y destaca que las noticias falsas “tiene algunas narrativas repetidas”.

De esas repeticiones narrativas que caracterizan a las noticias carentes de verdad, el investigador enlaza su idea a tres tipos actuales: “algunas pueden ser las curas milagrosas o simples”, “las noticias que nos dan algún tipo de control sobre este fenómeno, como la idea de que hay poderes orquestando esto”, y “las narrativas polarizantes”.

“Se ven las narrativas polarizantes, las que construyen otro tribal. Un nosotros y un ustedes, y siempre compartimos cualquier postura que reafirma la idea de que mi tribu, mi espacio de pertenencia son buenos, y los otros son malos”, definió.

Desinfodemia, una definición autóctona a la pandemia paralela

Desde ‘El Gato y la Caja’ la temática de analizar la comunicación en el contexto de coronavirus atrae un precedente cercano reflejado en un texto publicado por Guadalupe Nogués, una bióloga molecular que pertenece al emprendimiento y se propuso analizar la comunicación que se está llevando adelante a fines de evitar la exaltación social por el atosigamiento informativo.

Retomando los efectos de la desinformación, la investigadora sostiene en su ensayo que esto hace disminuir la confianza en algunas fuentes prioritarias. “La desinformación hace que disminuya la confianza en los organismos de salud y en los expertos, que se dediquen recursos a desmentir mitos e ideas conspirativas, y a veces incluso que se promuevan comportamientos que no sólo no son efectivos sino que ponen en riesgo a las personas”, explica.

“Las redes permiten una enorme y riquísima trama de conexiones horizontales, comunicación de noticias, memes, opiniones y aun mensajes personales, por lo que cada uno de nosotros, al convertirse, al menos parcialmente, en emisor, también se vuelve responsable en este proceso de desinfodemia”, asegura Nogués, quien explica que el consecuente a una mala manera de comunicar es el surgimiento de otra pandemia: la “Desinfodemia”.

“Las dos epidemias se mueven juntas y se retroalimentan. Más enfermedad lleva a más desinformación. Y la desinformación impide atacar del mejor modo posible a la enfermedad porque despilfarra recursos −incluida nuestra atención−, genera tensiones innecesarias −incluyendo absurdas cazas de brujas a gente por su origen étnico−, provoca desensibilización, y disminuye la confianza en las autoridades sanitarias, los expertos y los medios de comunicación profesionales”, remarca.

En ese sentido, Nogués explica que “en esta doble epidemia, no sólo somos los que nos enfermamos sino también los que contagiamos. Por eso la prevención incluye lo que hacemos y también lo que no hacemos, y no únicamente con respecto al agente infeccioso en sí, sino también con la desinformación”.

¿Qué podemos hacer con respecto a la información?

Como una suerte de manual de supervivencia a los devenires de este escenario, la representante de El Gato y La Caja sostiene que una de las principales maneras de combatir lo expuesto es que “no generemos ni distribuyamos en las redes sociales contenido que no confirmamos si es cierto o falso, ya sea que lo hagamos por genuina preocupación o irónicamente”.

“En un contexto de desinfodemia, es crucial lograr y conservar una comunicación adecuada. La mejor comunicación, en términos sanitarios, no es solamente la que informa, sino también la que ayuda a generar los comportamientos necesarios para prevenir, enlentecer o frenar la enfermedad”, afirma.

“El desafío es cómo comunicar en temas de salud sin generar desinfodemia: ni minimizar, ni generar ansiedad y pánico. Los mensajes deben ser claros, completos y sencillos de comprender. Esto incluye poder explicar la incerteza, la complejidad, el riesgo para uno y para los demás, y las acciones que hay que seguir. Como si esto fuera poco, el emisor de la información debe ser transparente y confiable −cuidar la credibilidad es por eso clave, porque sin confianza no hay comunicación efectiva−. Es también necesario darle poder −aunque sea limitado y local− al receptor del mensaje. Decirle cómo son las cosas, sí, pero ayudarlo a comprender cómo lo afectan, y qué debería hacer para ayudar”, concluye.

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