Con Quino por sus mundos Por María Eloísa Galarregui

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Que el humor es cosa seria ya es un lugar común. No hay artista que no reconozca que es más fácil lograr el llanto que la risa del público. Sin embargo, Joaquín Salvador Lavado Tejón, el popular Quino, ha logrado llegar con su humor gráfico a públicos tan disímiles como el portugués, francés, griego, italiano, sueco, danés, ruso, alemán, holandés, chino y japonés, entre otros.

Su personaje emblemático, Mafalda –nacida el 29 de setiembre de 1964 en el semanario Primera Plana de Buenos Aires–, logró vigencia y encanto a perpetuidad, al punto que aún es referente y comentada a pesar de que el 25 de junio de 1973 decidiera dejar de dibujarla.

Los padres de Quino llegaron desde Fuengirola, Málaga, España, a radicarse en Guaymallén, provincia de Mendoza, Argentina, donde nació el 17 de julio de 1932. Desde que a los tres años comenzó a dibujar demostró un precoz sentido del humor. La muerte temprana de sus padres (en 1945 muere su madre, y en 1948 su padre) determinó que debiera trasladarse a Buenos Aires con sus viñetas a procurarse sus propios recursos. No le fue fácil encontrar comprensión para su humor gráfico, hasta que en 1954 logró su publicación en el semanario Esto es.

En 1957 en la revista Rico Tipo conoció al dibujante Divito, a quien admiraba desde su infancia. De él recordó siempre una importante enseñanza: “No copiar jamás líneas de otros y tener un respeto total por el lector”.

 

En la década de 1960 tuvo importantes hitos personales (se casó con Alicia Colombo, doctora en Química, compañera de toda la vida) y profesionales. En 1963 se publicó su primer libro, Mundo Quino, donde ve y dibuja a la especie humana con lucidez y candor.

Qué es el humor

No ha sido fácil definir el humor. El origen de la palabra viene desde muy lejos: Grecia, isla de Kos, año 460 a.C, donde Hipócrates –maestro de la medicina– enseñaba que en los humanos existen cuatro humores que se relacionan con los cuatro elementos de la naturaleza: bilis con el fuego; atrabilis con la tierra; sangre con el aire y pituita con el agua. Esta ‘teoría humoral’ se extendió por Europa y en el siglo dieciséis, en Inglaterra, Ben Johnson –comediante contemporáneo de Shakespeare– unió el humor al comportamiento de sus personajes exagerándolos: el bilioso, colérico; el atrabilioso, melancólico; el sanguíneo, impulsivo; y el flemático, imperturbable. Esto provocó la risa de los espectadores y se estableció, para siempre, una alianza semántica entre el humor (vocablo médico) y lo cómico. Las situaciones desaforadas de la vida serán expiadas con la risa.

Robert Escarpit, estudioso del tema, entiende que el humor nos hace conocer nuestro propio personaje, nuestro comportamiento en lo cotidiano, en lo reconocible, pero manteniéndonos a una distancia tranquilizante, a salvo de sentirnos agredidos o angustiados. Es tarea difícil, no al alcance de improvisados, hacer humor; es un ‘oficio’, sólo los humoristas lo manejan con maestría y arte. Umberto Eco clasifica a los personajes de las tiras humorísticas, en ‘tipos’ y ‘topos’. Los topos son creados sólo como mero pretexto para que a su alrededor sucedan hechos venturosos o desventurados, pero nunca humanamente verosímiles; entretienen con su accionar sin provocar reflexión (Mickey, Donald, Superman). Lo tipos, por el contrario, son creados para que en su actuar no imiten la vida sino que la vivan; representan personalidades válidas, sus vicisitudes son las nuestras, al par que hacernos reír, removerán nuestra conciencia (Los Peanuts, Mafalda).

Con sigilo y subrepticiamente el humorista se desplaza entre dos realidades coexistentes y reconocibles para todos, como el mago que muestra su galera vacía (realidad primera) y luego saca conejos de ella (realidad inmediata). Mafalda encuentra a su madre ocupada únicamente en tareas domésticas (sin duda una realidad bien conocida), y al sacar su conclusión –“Lo que pasa es que la mujer en vez de un papel ha desempeñado un trapo en la historia”– da la otra realidad conocida. ¿Cómo se hizo la conexión entre ambas? El humorista no lo debe explicar: el humor no se explica.

Al enfrentarnos con la contradicción inexplicable de esas dos realidades, Quino nos di-vierte, nos vierte hacia la risa y a un tiempo nos re-vierte, nos vierte hacia la reflexión. “Ser humorista es más que hacer reír”, dice Quino, quien con su humor gráfico conquista a todos.

Llega Mafalda

Quino ya trabajaba en humor cuando crea Mafalda, a quien nombró así porque encontró “divertido” el apelativo de una niña en la obra Dar la cara, del intelectual argentino David Viñas.

Ella es contestataria, inconformista, permanente cuestionadora, heroína en todo lugar y en todo tiempo. Sin dudas es su personaje más famoso, al punto que en 1965 por las calles de Buenos Aires se voceaba el importante cotidiano El Mundo: “¡Con las noticias del día y con la Mafalda!”. El público recortaba las tiras y las coleccionaba.

Un visionario editor, Jorge Álvarez, publicó en 1970 el primer libro de Mafalda con un tiraje de cinco mil ejemplares que se agotaron ¡en dos días! Estalla el boom Mafalda.

Desde mayo del 68, la fama perseguirá a Quino: viaja a Europa y Estados Unidos, y en 1976 se instaló con su mujer en Milán. En Argentina se le ofrecen todos los reconocimientos: en 1988 fue declarado ciudadano ilustre de Mendoza y en 1994 recibió igual distinción en Buenos Aires.

En 1994, cuando Mafalda cumplió 30 años, se le dedicó una plaza en el barrio Colegiales de la capital. En 2008 se inauguró un gran mural: ‘El mundo de Mafalda’, en la estación Perú, debajo de Plaza de Mayo, para disfrute de los que viajan en subte. En 2009 entre las calles Chile y Defensa, donde vivió Quino, se instaló una escultura y una placa en el Nº 371: “Aquí vivió Mafalda”.

 

Fue traducida por primera vez al italiano con el título Libro dei bambini terribili per adulti masochisti; también tiene su versión en portugués, francés, griego, sueco, danés, ruso, alemán, holandés, chino, japonés.

Quino pensaba que “la idea es lo más importante; luego se depurará y enriquecerá el dibujo”. Por tanto, la dibujó con total esquematismo, no se preocupó por hacerla linda o seguir alguna moda; sí por sus riquísimas expresiones y sus estados de ánimo: indignación, rechazo, sorpresa, ternura. Es una nena; asume su niñez y no la abandona, igual que a su emblemática ‘moña’. Una nena que juega con su osito, baila con los Beatles, saluda a los pájaros, habla con los gatos y acuesta su globo terráqueo en su camita. Es preguntona, atiende a los medios de comunicación, pero analizándolos con agudeza: “Si la televisión es el medio de la cultura, mejor que se baje y siga a pie”. No puede creer en cuentos de hadas; puede creer que Dios creó las cosas buenas del mundo, como le dice su mamá, pero sabe que en muchos lugares “la licitación se la dieron a otros”. Observa atenta a la naturaleza, ¿por qué el cangrejo camina siempre hacia atrás?: “¡Che, mirá que el futuro queda para adelante! o ¿será tan malo el porvenir que éste se vuelve?”.

Quino nos recuerda que los niños utilizan nuestras palabras “no como ventrílocuos” sino como personas conscientes, dándoles su sentido auténtico; caminan sobre brasas sin quemarse, lanzándonos llamaradas de disenso para que sepamos quiénes somos, porque “lo malo es cuando los otros saben que nosotros no sabemos quiénes somos”. Por algo en España el gobierno franquista en 1970 obligaba a cruzar los libros de Mafalda con una banda que decía “Sólo para adultos”. ¡Qué peligro que los niños conocieran las verdades de Mafalda!

Y sus amigos

 

Un día de enero de 1965, Mafalda estaba en la puerta del edificio en el que vivía y se encontró con un niño de su edad, Felipe. Quino lo presenta con dos graciosos dientes de conejito (como su gran amigo Jorge Timosi, periodista argentino), orejudo, rubio, pelo sobre los ojos, delgado, vestido con pantalones largos, remeras enormes, zapatos deformados; desajustada su ropa como su vida de soñador empedernido, de tímido inseguro “ante la rubiecita del barrio”. “Justo a mí tenía que tocarme ser como yo. ¿Y si no me gusto?”. Se sienta en su sillita casi acostándose; las fuerzas de su voluntad resultan débiles en este mundo: “Debería darme vergüenza estar aquí sentado, mientras otros hacen tantas cosas. Ah!… no me da… no termina uno de conocerse”. “¿Será tan deshonroso pretender subsistir sentado? (Ante un monumento ‘al incansable luchador’): “¿Incansable? ¿cómo habrá hecho?”. No conoce la maldad, sino la resistencia contra las presiones sociales: obedecer a la madre, ir a la escuela, hacer los deberes en lugar de leer historietas, jugar al ajedrez, corretear junto al Llanero Solitario”. Mafalda: “¿Quién es ese tipo? ¿Por qué es solitario?”. Felipe: “Porque él solo lucha contra todos los malos”. Mafalda: “¿Y todavía no se enteró de que hay que hacer las cosas juntos?”.

Tres meses después aparece Manolito, hijo de Don Manolo Goreiro, inmigrante español. Manolito sabe qué quiere lograr en la vida: una cadena de supermercados con credit-cards y no con libretas como en el almacén de su papá. Su héroe no es un justiciero solitario, sino el multimillonario Rockefeller. Sabe “que el dinero no da felicidad pero ¡cómo se da maña para imitarla!”. Para cumplir su proyecto anda con la canasta de pedidos a cuestas y un lapicito en el bolsillo de su delantal. ¿De qué le vale saber que “el Everest es navegable y quién fue Juan de los Palotes?”. La maestra le escribirá al padre: “Señor Goreiro, su hijo más que hacer los deberes, los perpetra”. Manolito nunca demuestra resentimiento; de su maestra dice “me tiene una especie de ‘simpatía comercial’; cuánto más me conoce más me rebaja la nota”.

 

 

Ningún personaje de Quino es simple; cuando sus amigos deciden jugar al gobierno y Mafalda pretende ser presidente “innovando la tradición”, él maliciosamente cuestiona: “No, ¡no podés! Porque justamente alguien que quiera innovar no puede ser presidente”.

El 6 de junio de 1965 Quino presenta a Susana Beatriz Chirusi: Susanita. Se viste, se peina, usa carteritas como su mamá. Ella quiere –a diferencia de Mafalda– salir cuanto antes de la infancia, ser mayor, casarse, tener hijitos: “La maternidad bien entendida empieza por casa”. Es parlanchina: “Mi problema con la comunicación es no poder incomunicarme”. Chismosa crónica. Felipe con las palabras cruzadas: “A ver, ¿quién puede ser hijo de Saturno, hermano de Júpiter, casado con Proserpina?”. Susanita: “Yo lo que sé, es que el hijo de la del 4º se casó con la novia del hermano y ¡hay que ver la que se armó!”. Envidia y molesta. Felipe con un reloj pulsera nuevo: “¿Notaron alguna cosa?”. Susanita: “¡Claro! No es automático, ni sumergible, ni luminoso, ni con calendario”. Es muy diferente a Mafalda, pero Quino, en una viñeta deliciosa las dibuja sentaditas de espaldas, abrazándose. Mafalda: “¿Cómo somos amigas si no nos aguantamos?”. Susanita: “Mirá, en vez de no aguantar a un extraño, prefiero no aguantarte a vos”. No podía faltar en este humanista la tolerancia con los diferentes.

 

 

Después llegó Miguelito, a quien Mafalda conoció en la playa y resultó vivir en el vecindario. Gordito, con su pelo en tirabuzones como virutas u hojas, es menor que los otros niños; siempre vestido de overol porque su mamá vive gritándole “que no se ensucie”. Nunca se le ve dialogar con los padres. Anda callejeando y cuando regresa a su casa hay un felpudo en la puerta que dice “Bienvenido”, y él piensa: “Qué felpudo tan mentiroso”. Es el más desconcertante y quizá por eso el menos risible. Niño “istmo” con un pie en la infancia y el otro en la madurez, y en el que Quino ha puesto más hondura: “Qué haría de mí sin mí”, “Yo no quiero ser grande cuando me toque, yo quiero ser grande ahora”, “De qué sirve ser niño si no te dejan ejercer”, “La vida no debería echarlo a uno de la niñez sin asegurarle un buen puesto en la juventud”, “La vida es como una película; a unos les toca ser primeros actores y a otros un papelito de morondanga”, “A mí lo que quiero que me salga bien, es la vida, y que no sea amarreta”, “Antes de nacer nosotros, ¿existía el mundo? ¿Y para qué?”, “¿Qué es la inmortalidad? ¿dónde se puede pedir el formulario?”. ¡Ah, Quino! Este pequeño solitario que mira las nubes y el agua de las alcantarillas nos hace comprender que deberíamos saber, como él, que todo se acaba, y lo primero, es la infancia.

El 5 de febrero de 1973, cuando Quino ya está pensando en dejar de dibujar la tira aparece otro personaje “muy chiquita y muy quemada”: Libertad. En verdad es chiquitita; su tamaño es la mitad de los otros niños, pero con una cabeza muy grande y ¡cómo la usa! Recién comenzará la escuela pero ya se expresa con total madurez. Habita en un monoambiente donde “hablan a los gritos para que parezca más grande”. Tiene una biblioteca, adornos hippies y un póster de París; allí reina la imaginación y no la rutina. Su madre es alta, espigada, pelo largo, usa jeans, fuma y trabaja mucho en una máquina no de lavar ni de encerar, sino de escribir. Es traductora, “Sartre… sí, el último pollo que comimos lo escribió él”. No leen diarios porque “inventan la mitad de lo que dicen; y si a eso sumamos que no dicen la mitad de lo que pasa, resulta que los diarios no existen”. Cuando dialoga con los adultos es frontal: “¡Ah! Lo mío es soltura y no desfachatez” En la escuela trata de imponer sus métodos. “¿Cuál es la montaña más alta de América?”: “Aquí y ahora no puedo decírselo, pero en mi casa tengo una revista a todo color que lo explica muy bien. Mañana la traigo y la miramos juntas”. “¡Mañana! Lo que vas a traer es la lección bien aprendida”. “¡Ay, señorita! Si usted sigue así, se va a quedar sola, pero muy sola…”.

 

 

Le preguntan: “¿Tu papá piensa votar en las próximas elecciones?”. “Sí, piensa y anda con una cara el pobre…”. “¿Por qué? ¿No se decidió por ningún candidato?”. “Sí, se decidió, pobre… ¡y anda con una cara!”. “Pero, ¿por qué? ¿Piensa que no va a ganar?”. “No, piensa que va a ganar y ¡anda con una cara!”. Según dice ella misma, lo suyo es la simplicidad.

Quino nos clava un aguijón: la madurez ¿acaso será el olvido de lo que íbamos a ser? ¡Imposible no admirar a Libertad! Su coherencia, su valor para decir cuanto piensa y ante quien sea, nos advierte como el mexicano José Emilio Pacheco: “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años”.

Pero en la tira faltaba un hermanito para Mafalda. Aparecen los padres preocupados por cómo decírselo. Padre: “Dejame a mí, la llamo y se lo decimos: Famalda, ¿podés venir un memontito? Je, je, dentro de unos meses vas a tener un hermanito”. Mafalda sufre un shock y cae al piso.

El hermanito se llama Guillermo pero se le dirá “el Guille”. Mafalda estaba ansiosa por que llegara pero también preocupada porque es como si su mamá “abriera una sucursal en su cariño”. Menos de diez años separan al Guille de Mafalda, pero será muy distinto en su lenguaje, en sus modales, en sus valores. “¡Viedja! ¡viedja!” “Pero Guille, ¿qué manera es esa de llamar a mamá?”. “No lladmo a mamá. ¿Ez que voz te creez jovenzita?”. Los horrores de la guerra sólo le provocan la pregunta: “¿Cuándo un paiz ze dompe, dónde lo tidan?”. Si en la televisión no sucede lo que le gusta: “¡Qué maneda de hazed peded el tiempo a loz telezpedtadodez!”.

Cuando su padre abraza a su madre, vocifera:” ¡Ezta ez mi mujed! ¿Te zentiz zelozo podque yo la conozco dezde que nazí y voz no?”. Llega a la familia una mascota, una tortuguita, naturalmente muy lenta y perezosa (que mereció el nombre de ¡Burocracia!), él resuelve cómo tratarla: “¿Y zi la pateamoz?”, En la carretera un auto poderoso sobrepasa a la querida Citroneta de su padre, éste dice: “Corré, corré, que mañana vas a salir en los diarios”. “¿Pod qué? Zi un auto de vedad paza a unos pobretonez, ¿ez notizia?”. No perderá tiempo en detenerse a pensar por qué su mamá recurre a la cosmética “tratando que los ‘ya’ parezcan ‘todavías’”, ni por qué su padre frente al espejo piensa “no soy todavía un joven de 40 años, y ya tengo cosas de un viejo de 39”. Los ‘otros’ no tienen la importancia que tenían ‘antes’. Quino sabía muy bien que “el Guille” es la generación a la que quiso mandarle una advertencia por intermedio de Mafalda: “Antes de venir, piénsenlo”.

Fin de una etapa

En medio de tanto éxito y reconocimiento mundial, el 25 de junio de 1973 Quino entregó en el semanario Siete días las cuatro últimas viñetas de Mafalda. No volvió a dibujarla, excepto para casos especiales, como cuando Unicef le pidiera para la Declaración de los Derechos del Niño.

Ha explicado que su decisión se debe a que crear esta historieta durante años sin repetirse ni aburrir, le tomaba de ocho a nueve horas diarias, transformándose en un esfuerzo, en una imposición. Como la sopa para Mafalda, aun cuando se haya hecho con amor. No dejó de crear sus ‘mundos Quino’ con inagotable poder de observación, sensibilidad extraordinaria, tierna tolerancia ante nuestras cegueras y torpezas. Con un dibujo riquísimo, finamente expresivo en blanco y negro, con o sin textos, nunca apartado de lo humano: A mí no me grite, Yo que Ud., Hombres de bolsillo, Ni arte ni parte, Déjenme inventar, Quinoterapia, Gente en su sitio, Sí, cariño, Potentes prepotentes impotentes, Humano se nace, Yo no fui, Qué mala es la gente, Cuánta bondad, Qué presente impresentable.

Y está Esto no es todo (título elegido por él, como siempre), una “antojología” de lo que gustó elegir entre sus miles de creaciones. Libro imperdible desde sus tapas: allí aparece volando, libre y feliz, un hombre montado en su inseparable pluma, mezcla de mago con brujo, desparramando generosamente sus dibujos; en colores sobre fondo negro. En la contratapa, el plano se amplía y deja ver sobre qué está volando: una tierra desolada y pura chatarra… “¿es el mundo puaj?”, “¿es la vida moderna, cada vez más moderna y menos vida?”. Sin embargo, en esta imagen que cierra la obra, hay luz. Quino parece dejarnos aquí el mensaje que llevaba el Quijote en su escudo: Post tenebras, spera lucem.


María Eloísa Galarregui

Doctora en Derecho y Ciencias Sociales. Docente (Udelar). Magistrado judicial. Participación en eventos internacionales sobre Comunicación y Derecho. Creadora y directora de programas culturales en radio y televisión. Ha dado conferencias sobre “Quino-Mafalda” en teatros, museos, auditorios y embajadas.

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