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El enigmático señor Gómez

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He pasado los últimos veinte años de mi vida en calidad de detective de la Policía Judicial del Distrito Federal. Recientemente, y ya teniendo en el horizonte previsible el retirarme, fui entrevistado por una publicación profesional. Me preguntaron sobre los casos más sobresalientes de mi carrera. Éste es, en mi opinión, el más extraño de todos; cada vez que lo repaso, termino haciéndome la misma pregunta.

El señor Gómez falleció víctima de su tabaquismo; murió de enfisema. A sus vecinos les tomó cinco días darse cuenta de su deceso; pues no era raro que Gómez despareciera por varios días sin avisar a nadie. Ninguno de sus vecinos supo informarme acerca de dónde iba o qué hacía durante esas desapariciones. Mi compañero sospechaba de alguna actividad ilegal; tal vez Gómez era una mula de los narcotraficantes.

Gómez era uno de los últimos representantes de esa clase social, en perpetuo peligro de extinción, que llamamos los pensionistas. A sus setenta años de edad, según la documentación disponible, este señor debería ya tener su vida resuelta. Sin embargo, no era extraordinario verlo salir temprano de casa, diciendo que iba al trabajo, o por el contrario, regresar ya bastante tarde diciendo a todos que venía de la chamba.

Este viejo rentaba un departamento barato, de una sola estancia, en la azotea de un vetusto edificio que se encuentra en el centro de la ciudad. La mayoría de sus vecinos solamente le conocían de vista; y no habían hablado con él más allá de los acostumbrados “hola”, “buenos días”, “adiós”, y “hasta luego”, obligatorios entre las personas que lo único que tienen en común son patios y escaleras.

Según nos dijeron sus vecinos su día parecía muy sencillo: se levantaba temprano, tomaba la ducha, comía un pan dulce con una taza de café y salía de casa. A todos los que encontraba les decía que iba al trabajo, les deseaba los buenos días a manera de saludo y despedida. Caminaba algunas calles para abordar el metro. Nadie en el vecindario pudo indicarnos el lugar donde trabajaba Gómez.

Las cartas a su nombre que aún se encontraban en el buzón, y aquellas que llegaron en los días siguientes, tampoco arrojaron mucha luz respecto al pasado, o al presente, del viejo señor Gómez. Supusimos entonces que era una de esas personas que al llegar a la vejez se habían quedado solas en la vida. Mientras se encontró todavía en buena salud continuó con su vida; sin embargo, la oficina de seguridad social no pudo darnos dirección del supuesto empleador que buscábamos, ni de algún familiar que pudiese estar interesado en dar una decente sepultura al pensionista.

Teníamos, por obligación legal, que encontrar a algún familiar o amigo para hacer entrega formal de los restos mortales de Gómez; así como de las pobres pertenencias que dejaba atrás. A pesar de usar en el proceso nuestros mejores trucos detectivescos no logramos dar con el paradero de alguien relacionado con este hombre. Con el tiempo, y la costumbre, yo me había vuelto muy frío y no me molestaba enviar a un desconocido a la fosa común. El único recuerdo que quedaría de él sería, si acaso, una ficha conteniendo fotografías, huellas dactilares, lugar y fecha del deceso, causa de la muerte y ubicación de la fosa común entre otros datos que pudieran ser de utilidad si alguien quisiera recuperar el cadáver.

Los tiempos legales para disponer del cuerpo se agotaban, mis superiores me presionaban, el forense no cesaba de telefonearme, en fin, el fantasma de Gómez no dejaba de perseguirme en pos de una conclusión para su caso. Ya habíamos vuelto la pequeña morada patas arriba en nuestra búsqueda de información… ¡y nada! Sobre el pequeño escritorio, que también hacía las veces de mesa de comedor, se encontraba asentada una vieja y sólida máquina de escribir que todavía tenía una hoja de papel montada en el rodillo. Esa máquina y un pequeño librero clavado a la pared eran los únicos objetos que habían escapado a nuestras pesquisas.

Hojeando los libros del estante pudimos ver que todos estaban incompletos pero unidos por bandas de goma a grupos de hojas escritas por la máquina de escribir. Casi todos los volúmenes tenían estampada la leyenda: “Fernández e Hijos, libros antiguos y usados, República de Cuba No. 14, Centro Histórico”. Bajo la fuerte impresión de hacer un tiro en la obscuridad, mi compañero y yo nos dirigimos a la librería; tal vez allí podrían darnos alguna información que nos permitiera cerrar la carpeta del asunto Gómez.

En la librería, un galerón lleno de anaqueles adosados a los muros y cargados de libros viejos con el inconfundible olor a humedad, polvo y orina de rata. Nos atendió en primera instancia un jovencito delgado, de gruesos lentes, y paliducho; quien después de oír nuestra solicitud de información nos condujo a la oficina del propietario. El señor Fernández, “librero de cuarta generación”, según se presentó a sí mismo, hojeó el par de libros que habíamos llevado con nosotros para facilitar la identificación de un cliente asiduo. Movió afirmativamente la cabeza antes de preguntarnos si teníamos una fotografía de Gómez. Al verla, no era exactamente el retrato que uno obsequiaría a su novia, se estremeció de horror; indicándonos que no solamente había reconocido al viejo pensionista, sino que también había sido desagradablemente impresionado por la foto del cadáver. Muchas veces presento este tipo de imagen a las personas que interrogo, pues su lenguaje corporal puede decirme mucho de las relaciones que llevaban con el occiso.

Reconoció a Gómez por nombre, y nos dijo que ni siquiera conocía la dirección de su residencia habitual. También nos hizo saber que tenía el número de teléfono de un estanquillo donde, de cuando en cuando, le dejaba un mensaje indicándole que ya había reunido una cantidad de libros viejos e incompletos; aquellos libros que eran la apetencia principal del jubilado.

Solamente por corroborar la sinceridad de Fernández, y conociendo de antemano la respuesta, le pregunté qué tipo de libros eran los que reservaba para Gómez. Me respondió que únicamente novelas; parecía estar especialmente interesado en las novelas clásicas de la literatura francesa; siempre y cuando les faltara por lo menos un capítulo. Al preguntarle el porqué, se encogió de hombros; nos dijo que él le guardaba esos libros mutilados porque el señor Gómez le pagaba hasta cinco pesos por cada uno, en lugar de los tres pesos por kilo que le pagarían los papeleros ambulantes que eran, además de Gómez, los únicos clientes interesados en adquirir ese tipo de material. Después de agradecer la cooperación de Fernández, nos despedimos y salimos cariacontecidos de la librería ¿Qué razón tendría Gómez, o cualquier otra persona, para comprar libros incompletos?

Esa misma tarde volvimos al departamento de Gómez. Me senté frente a la máquina de escribir; y leí la hoja que se encontraba montada en el rodillo. Reconocí inmediatamente los personajes de Los Miserables, de Víctor Hugo; sin embargo, el diálogo que se desarrollaba entre Marius Pontmercy y Jean Valjean me resultaba totalmente desconocido. Estaba considerando llevar esa página a nuestra oficina de asuntos periciales para que ellos determinaran a que parte del libro correspondía; cuando mi mano izquierda encontró, bajo un rimero de papeles, una vieja, polvosa, y desmantelada copia de la novela.

Un rápido examen a los otros libros del armario nos demostró que Gómez compraba libros incompletos para escribir las partes faltantes. No sé, y afortunadamente no me toca decidir, si tal cosa pueda ser catalogada como arte literario, un inocente pasatiempo, o la expresión de una peligrosa megalomanía; pero eso era lo que hacía el viejo: compraba libros incompletos, los leía atentamente; y después se sentaba a la máquina de escribir acompañado de un paquete de cigarrillos, una jarra de café instantáneo, taza, y cenicero para completar con su versión personal la obra mutilada ¿Es que el viejo se sentía un escritor de la talla de Víctor Hugo, o de Balzac; o tal vez, solamente ocupaba su tiempo libre creativamente?

Nunca encontramos a alguien cercano al señor Gómez. Así que una luminosa mañana de abril, mi pareja y yo le acompañamos a su última morada en el cementerio municipal. En el sencillo ataúd de pino sin barnizar que contenía sus restos deposité también su máquina de escribir, un paquete de cigarrillos, encendedor y cenicero.

Desde luego, no permití que estos libros se perdieran en los archivos policiales; y a la primera oportunidad que tuve me los llevé a casa. Ahora, ya jubilado y cuando el clima no es favorable a mis paseos matinales, me siento junto al librero y echo mano a uno de esos volúmenes para llegar a un final inesperado, disfrutar de un pasaje desconocido, o del improbable inicio de la obra de… ¿Gómez?