EL GRAN COMUNICADOR

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Gobernar es explicar, decía Fernando Henrique Cardoso. Era el desafío de Carlos Menem, que tenía que explicarle al país las reformas estructurales que pensaba hacer. Y vencer la resistencia. Polémicas aparte sobre las luces y sombras de su gobierno, fue un comunicador habilísimo, de los mejores de la historia argentina.

 

El zorro. Así le decían a Roca, por lo astuto. Disfrutaba del poder como sólo puede hacerlo quien se siente destinado a grandes cosas. Fue Presidente de la República dos veces y, de alguna manera, la Argentina fue otra después de su paso por el gobierno. No dejó indiferente a nadie. Murió en 1914. Sólo 16 años después, nacía Carlos Saúl Menem. Como Roca, también se sentía tocado por la varita mágica. Presidente en dos períodos, transformó la Argentina y se fue de este mundo dejando detrás de sí odios y amores intensos. Fue el otro zorro.

Comunicador extraordinario, el ex presidente riojano supo generar entusiasmo aún entre quienes no lo habían votado. Este talento infrecuente tenía su propia fórmula:

  • Actitud. Todo parece fácil para quien no hay barreras: podía conducir un programa de TV cuando su conductor está de vacaciones, bailar con una odalisca, aceptar el regalo de una Ferrari y volar en la ruta con ella. El blindaje que da la frivolidad. El que de verdad cree que va a ganar, tiene medio triunfo asegurado.
  • Preparación. Hay quien cree que los simpáticos sólo viven de la improvisación. Falso. Carlos Menem tuvo un equipo de lujo de redactores de discursos, con Gustavo Béliz a la cabeza y colaboradores como el escritor Fernando Sánchez Sorondo. Para muestras, la pieza magistral de oratoria el día de su asunción, el 8 de julio de 1989.
  • Memorabilidad. Los discursos bien preparados tienen frases fácilmente recordables: están bien construidas, se repiten con la frecuencia adecuada, o tocan la sensibilidad de la época. Es el I have a dream de Martin Luther King, el I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat de Churchill, o el Argentina, levántate y anda de Menem.
  • Sentido del humor, espontaneidad. Rapidez en la respuesta, frases ingeniosas, hilaridad. Nada es demasiado importante. Todo admite una mirada humorística, hasta su propia gestión. Así parece que el mundo está bajo control, que no hay motivo para preocuparse. Además, él mismo llegó a decirlo: No temáis, vais con Carlos Menem y su estrella.
  • Lenguaje plástico. Se puede decir “los que hablan de honestidad son hipócritas” o preferir: “cuando uno invita a alguien a comer a su casa, y se la pasa hablando de honestidad, cuando se va hay que contar los cubiertos”. La segunda opción, con su toque de humor, es inapelable. Y más fácil de recordar: contar cuchillos y tenedores es concreto, el concepto de hipocresía es abstracto.
  • Manejo de todos los registros. El tono épico de su discurso inaugural, el gesto risueño con Neustadt, Mirtha o Moria Casán, los anuncios de medidas transcendentales, el chiste para Show Match, el agradecimiento a todos los argentinos por el apoyo tras la muerte de su hijo Carlos Jr. Bajo, barítono y tenor, todo en la misma persona.

Sus aciertos y errores en materia política, social y económica son tema para otros análisis. En comunicación, logró lo que todo político quiere: que la gente le creyera o quisiera creerle, que es casi lo mismo. Menem lo hizo.

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