El vaso medio lleno por Malena Rey

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Hola, ¿cómo estás? Dejá, ni me contestes. Es una pregunta demasiado retórica para estos días tan inquietantes. Estamos en lo peor de la pandemia: lo malo ya es conocido y encima recrudece en su crueldad mientras las medidas nos paralizan y a la vez no sabemos si alcanzan. Sueño con vacunas y bracitos pinchados. Nunca deseé tanto que me inocularan. Solo te pido que te cuides y que cuides con responsabilidad a quienes tengas al lado. 

Lo primero que hice cuando vi que la curva de casos se empinaba y que se acercaba el rotundo fantasma de un nuevo confinamiento fue proveerme de buenos alcoholes. Botellas de vino decentes, alguna más espirituosa, un aperitivo también, por qué no. Incluso compré unas copitas hermosas y pequeñas en un bazar. Es que durante 2020, como muchísimos mortales, me sirvió tomar algo cada noche para evadirme de los males del mundo por unas pocas horas. Cada quien arma el refugio que puede o que le funciona, y a mí me funcionó un vino baratísimo y blanco, inesperado compañero de desventuras. A su vez, ese alcohol que tomamos también comparte principios químicos con el alcohol con el que nos desinfectamos continuamente. ¿Casualidad? No lo creo.

Sin más excusas, hoy vamos a dedicarle este Hilo a la presencia del alcohol en las vidas de distintos artistas, y a películas, poemas y libros que se ocupan del tema. Es tentador hablar bien del alcohol, pero también es pertinente observar que es un “consumo problemático” y que existen límites sutiles o no tanto en los que la ebriedad se convierte en un rotundo problema. Examinemos su polisemia. Y para ilustrar este newsletter vamos a valernos, nada más y nada menos, que de retratos de famosos bebiendo. Porque en el gesto de empinar la copa todas somos un poco iguales.

Brindo porque me olvido los motivos porque brindo

Chin chin. Salud. Sonido de copas que tintinean, de brebajes líquidos que refrescan las gargantas cascadas, que bajan el miedo, lo destraban, ayudan a hablar. El alcohol que salvó a tantos del frío, que nos ayudó a expresarnos. El que nos confundió para bien y para mal, el que nos provocó el insomnio, la resaca. El que selló un pacto, una promesa; el que se alegra por nosotras o se entristece con nosotras. El que remarca los asuntos resueltos y disuelve los asuntos pendientes. Motivos para brindar siempre hay. Para desearnos salud. Sobre todo salud. Acá les dejo estos versos de la poeta rusa Anna Ajmátova que enumera varios, y lo hace de una manera fuerte y desgarradora (la traducción es de Inés Aráoz y salió en el n°3 de la revista Hablar de poesía).

El último brindis

Bebo por la casa derruida,
Por la soledad, juntos,
Por esta maldita vida mía
Y por ti, bebo,
Por la mentira de la boca que me traicionó,
Por el frío de muerte en la mirada,
Porque es cruel y torpe el mundo,
Por aquello que Dios no salvará.

Otro poeta y narrador que habla del alcohol con una constancia notable es Charles Bukowski, tal vez con un reviente que un poco pasó de moda. Tengo un libro de 100 poemas suyos que compré hace añares de saldo -viene con prólogo de Enrique Symns- y creo que por lo menos en el 70% de los poemas menciona alguna vez a la cerveza. También habla de mujeres -con apreciaciones que hoy juzgaríamos con otros ojos que en su tiempo- y de carreras de caballos. Les dejo este, escrito en 1971, porque rescata el hecho de que incluso en la más absoluta soledad siempre tendremos una bebida que nos haga compañía. Y les comparto este blog con muchos otros poemas bukowskianos más, para darse una panzada.

Cerveza

No sé cuántas botellas de cerveza
bebí mientras esperaba que las cosas
mejoraran.
No sé cuánto vino y whisky
y cerveza,
principalmente cerveza,
bebí después
de haber roto con una mujer,
esperando que el teléfono sonara,
esperando el sonido de los pasos,
y el teléfono no sonaba
sino mucho más tarde
y los pasos no llegaban
sino mucho más tarde.
Cuando el estómago se me sale por la boca,
ellas llegan frescas como flores en primavera:
-¿Qué carajo hiciste?
Pasarán tres días antes de que puedas cogerme

Una mujer dura más,
vive siete años y medio más
que el hombre, y toma muy poca cerveza
porque sabe que es mala para la silueta.
Mientras nos volvemos locos
ellas están fuera
bailando y riendo
con chicos divertidos.

Bueno, hay cerveza
bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza
y cuando levantas una
se desfonda
y las botellas caen
rodando,
entrechocándose,
derramando ceniza gris y húmeda
y cerveza vieja
o las bolsas caen a las 4
de la mañana
produciendo el único sonido de tu vida.

Cerveza
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.
La radio pasa canciones de amor
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay.

Bukowski

El estado de tu copa

La historia del cine y el alcohol es larguísima, pero no llegué esta vez a revisar los clásicos de Hollywood. Así que me voy a ocupar de películas de los últimos años que giran en torno a la bebida y a los caminos que se pueden trazar siguiendo o no la senda del alcohol. Y no, no vamos a hablar de Qué pasó ayer. Disculpen.

Empecemos por una muy buena película danesa de 2020 llamada Druk, de Thomas Vinterberg, un director que en su momento ganó notoriedad por el film La celebración y por haber sido fundador del grupo de cineastas del Dogma 95. (La pueden encontrar por ahí con su título internacional Another Round o con su traducción Otra ronda.) Protagonizada por el bello e intenso Mads Mikkelsen (vean su foto más abajo que seguro les suena de cara), se centra en la historia de un grupo de amigos cuarentones, todos docentes de escuela secundaria, que se proponen un juego. La cuestión consiste en seguir un experimento sociológico por el cual tienen que sostener un consumo constante de alcohol desde que se levantan hasta las ocho de la noche. Esto implica desayunar vino tinto, dar clases con más de 0.5 de alcohol en sangre, y relacionarse con sus familias y superiores en un estado de ebriedad creciente. La película muestra de manera entrañable la complicidad entre ellos -tira por la borda el estereotipo de que los “nórdicos” son “fríos”- y no esquiva los inconvenientes de llevar esta vida disipada pretendiendo ser mejores que en la sobriedad. De la euforia al drama, Druk vale la pena porque deja varias preguntas abiertas sobre lo que el alcohol exhibe pero también sobre lo que oculta. Y tiene buenas escenas grupales, con personas bailando, gritando y tocándose, cosas que seguimos y seguiremos extrañando.

Mads Mikkelsen en Druk

Y hablando de problemitas con la bebida, Gus Van Sant en su última película también se ocupó de la historia -basada en hechos reales- de un alcohólico en recuperación: No te preocupes, no irá lejos (Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot, de 2018) es una comedia dramática que cuenta la vida de John Callahan, un historietista encarnado por Joaquin Phoenix que luego de quedar en silla de ruedas por un grave accidente tiene que reinventarse. Las películas y series yankis nos mostraron muchísimas veces cómo funciona esa institución llamada Alcohólicos Anónimos y esta película no es la excepción. Lo interesante es que el gurú del grupo es un estrambótico personaje en la piel de un irreconocible Jonah Hill y que en el ecléctico elenco están también Rooney Mara, Jack Black y las estrellas indies Kim Gordon (ex Sonic Youth) y Beth Ditto.

Crazy Heart, de 2009, es otra de esas películas norteamericanas sobre artistas decadentes que tocan fondo y buscan salir del pozo; una historia chiquita que nos contaron miles de veces. Esta tiene la particularidad de estar protagonizada por el gran Jeff Bridges representando a un cantante de música country con muchos problemas con la bebida, que buscan reencauzarse cuando conoce a la periodista interpretada por Maggie Gyllenhaal. Muchas de las canciones son interpretadas por el mismísimo Jeff, que canta muy bien. Y hay incluso temas cantados por Colin Farrell y Robert Duvall. Acá tienen completa la banda de sonido.

Bueno, dije que no llegué a revisar los clásicos, pero hay una excepción argentina. Es que esta semana se cumplieron 20 años del estreno de La ciénaga, la primera película de Lucrecia Martel, un film narcótico que marcó una época. Más allá de la efeméride, vale la pena volver a verla y comprobar de qué manera nos pasa el tiempo. También apreciar la composición del personaje de Mecha, una alcohólica obsesiva que se pasea con el vasito por la finca La Mandrágora, personaje compuesto a la perfección por Graciela Borges. “Yo enseguida supe qué es lo que quería hacer con el personaje. Lo dediqué a una mujer muy famosa socialmente, con quien yo pasaba los veranos en su casa, que era alcohólica. No borracha, alcohólica, hay una gran diferencia en eso. Y yo me acuerdo siempre de ella y su cartera, tapando la copa de vino por la casa, caminando con una suerte de fuerza y de personalidad y de gracia increíble”, cuenta la Borges sobre su rol en esta nota a dos voces junto con Mercedes Morán que salió en La Agenda por Vera Czemerinski.

Graciela Borges en La ciénaga

Beodos y beodas del mundo, uníos

La literatura puede ocuparse de la realidad, pero también puede ser muy pródiga con las invenciones. Uno de los inventos más divertidos es el pianocktail, que crea el protagonista de La espuma de los días, una hermosa novela sobre amor y enfermedad escrita por Boris Vian (tiene una adaptación al cine de Michel Gondry que no recomiendo). Como su nombre un poco lo indica, se trata de un piano conectado a una serie de botellas y copas, que, de acuerdo a la melodía que se toque, prepara un cóctel especial. Eduardo Berti lo explica mejor en un libro bellísimo que se llama Inventario de inventos (inventados), donde repasa este tipo de creaciones puramente literarias que podrían -o no- hacer nuestras vidas mejores.

PIANOCKTAIL: «En la vida solo hay dos cosas: el amor y la música», pone Boris Vian en boca del narrador de La espuma de los días. Añadamos la bebida (el tercer ingrediente del par perfecto) y tendremos el pianocktail, instru­mento musical capaz de preparar tragos de acuerdo con la melodía que se ejecuta en sus teclas. «A cada nota corresponde una bebida alcohó­lica, un licor o un condimento», le explica Colin a Chick en medio de una cena. El pedal fuerte corresponde al huevo batido. El pedal débil al hielo. Y las cantidades de cada ingrediente están en relación directa con lo que duran las notas. Desde luego, muchos tragos llevan nombres idénticos a ciertos standards de jazz. Y es imposible no pensar en lo que decía Sinatra: «El alcohol puede ser el peor enemigo del hombre, pero la Biblia propone que ames a tu enemigo». Décadas después de la invención literaria, un matrimonio de Marsella mandó construir un «pianocktail de verdad», que fue presentado a la prensa en septiembre de 1992. Al enterarse de ello, un compositor y pianista de jazz de Toulouse, Émile Tardivet, trabó contacto con los pro­pietarios del instrumento. Escribió doce piezas especiales para pianock­tail y sacó un CD acompañado por doce pequeñas botellas, una para cada pieza. A modo de bonus track, Tardivet decidió incluir la versión instrumental de una canción de Tom Waits que, concluyó tras no pocos experimentos, es la melodía más perfecta para el instrumento de Vian: «The piano has been drinking, not me…».

Y para seguir enalteciendo el alcohol, ahí está el libro Sobrebeber, del eximio escritor inglés Kingsley Amis (el padre de Martin Amis), una suerte de cumbre del pensamiento etílico organizada a través del relato variopinto de experiencias. Publicado por Malpaso, acá se reúnen recetas de tragos célebres, notas sobre la resaca, guías para compradores de vino, dietas para beodos, consejos de maridajes y para saber cómo hacer para no quebrar, junto con anécdotas varias contadas con un humor cáustico, típicamente británico. Leer con moderación. Prohibida su venta a menores de 18 años.

“Escribe borracho, pero edita sobrio” es un consejo que parece que daba siempre Hemingway, ganador del Nobel de Literatura en 1954, y uno de los autores norteamericanos del panteón beodo. Beber era una de las pocas actividades que disfrutaba, la que le permitía cerrar la jornada y volver a enfrentarse a la escritura al día siguiente, sin que el mundo perdiera todo su sentido. Tomaba mojitos dulces, también martinis y whisky (media botella por día, tranca). Llegó incluso a inventar un trago con su propia receta, que fue publicada en 1935. Lo llamó igual que a su libro Muerte en la tarde, y él recomendaba prepararlo así: “Ponga una onza de absenta en un vaso de champán. Añada champán helado hasta que alcance una opalescente consistencia lechosa. Beba de 3 a 5 lentamente”. La absenta, esa bebida color esmeralda que causó estragos en Francia por sus efectos alucinógenos, daría para un Hilo aparte. Así que por las dudas, no lo intenten en sus casas.

Hemingway

Otro que no se controlaba con la cantidad de copas era el poeta Dylan Thomas, que murió en el Chelsea Hotel en 1953 después de tomar 18 whiskys (del Chelsea ya hablamos en la primerísima primera entrega del Hilo Conductor, allá lejos y hace no tanto tiempo). La leyenda de esa ingesta llegó hasta nuestro país: la revista de poesía de los noventa, de la que participaron, entre otros, Fabián Casas, Daniel Durand y Laura Wittner, tomó su nombre de esa dosis letal: 18 whiskys tuvo solo dos números, que se encuentran digitalizados en el gran Archivo Histórico de Revistas Argentinas.

Recuperables o irrecuperables

Más allá de cómo cada una lleve su dependencia al alcohol, y cuán manejable sea, son innegables los estragos que hace en algunas familias cuando se convierte en una verdadera enfermedad. Una de las cosas que más me conmueve de Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, es justamente que sea el relato de un hijo ajustando y profundizando las cuentas con su padre, el también escritor Héctor Libertella, quien se abandonó al alcoholismo de una manera razonada y electiva. Este libro está escrito cuatro años después de la muerte de Héctor, y marca también el ingreso del hijo en la literatura. Es impresionante, respecto del alcohol, cómo Mauro registra que todo eso ya aparecía en la infancia y él no lo captaba de la misma forma, determinaba por completo los escenarios en los que su padre elegía vivir (rodeado de botellas) y modificaba los hábitos de toda la familia. Narrado de una manera muy bella y directa, acá se habla de la muerte y de la agonía con serenidad. Cómo despedirse, qué hacer con su legado y de qué manera recordarlo parecen encontrar respuesta en la literatura.

También quería recomendarles a Lucia Berlin, una gran escritora norteamericana que comenzó a ser leída masivamente y traducida hace pocos años. Muchos de sus relatos, sobre todo los incluidos en Manual para mujeres de la limpieza, están atravesados por la ingesta etílica, porque ella misma era alcohólica. Tenía muchos problemas con el dinero también, y cuatro hijos de tres matrimonios, por lo que tuvo que trabajar de distintas cosas para subsistir y siempre siguió escribiendo. Uno de sus cuentos más directos sobre el tema es “Su primera desintoxicación”, que narra el momento en que Carlotta se despierta y se da cuenta de que fue ingresada en una clínica para tratar sus problemas con la bebida y los siete días que pasa allí. En solo cuatro páginas consigue un fresco muy realista sobre cómo impacta la medicación en los alcohólicos, qué tipo de complicidades son esperables en esos entornos siendo mujer, y de qué manera se puede regresar y retomar la vida, con las demandas de siempre de los hijos y la casa. Su literatura tiene mucha fuerza.

Voy cerrando este Hilo sabiendo que me quedaron muchas historias de alcohol y cultura afuera. Pero para amenizar la jornada, les dejo dos canciones de dos ebrias adorables, que se murieron a los 27 años. Este canónico tema de Amy Winehouse (¡se llamaba Wine-House!) en el que se niega a hacer rehabilitación, y “Piece of my heart”, interpretado en vivo por Janis Joplin en un show en Alemania en 1968.

Ahora sí, me despido hasta dentro de dos semanas.

Ojalá que  te haya dado ganas de brindar con la gente que quieras. O te haya ayudado a ahogar por un rato las penas. Te deseo mucha salud.

 

Gracias por leer. Y por favor cuídense mucho.

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