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Espejismos de realidad

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Dicen que no existe la felicidad con mayúsculas, la felicidad constante. En cierto sentido sería terrible vivir en un estado perpetuo de paz y alegría porque después no seríamos capaces de apreciar los instantes en los que realmente estamos contentos. Supongo que con mi padre me pasa algo parecido. Puede que sea un modo de engañarme a mí misma, aunque pienso que los escasos momentos en los que vuelve a mi lado, me escucha y esboza una sonrisa o me cuenta de nuevo alguna batallita equivale al concepto de felicidad que tenemos todos.

Mi padre tiene los ojos gastados de tanto mirar. Quizá de observar la realidad que le circunda. Es posible que se le hayan deslucido de ver tanta porquería al final del camino. Por mis padres estoy aquí y por ellos no me entiendo a mí misma el 90% de las veces. Uno está, la otra se fue hace dos meses. El que permanece se deja ver poco. A menudo temo educar a mis propios hijos con los mismos errores que mis padres cometieron conmigo, que fueron muchos, e hipotecarles de por vida. Tengo que desaprender a marchas forzadas para no joder a los demás, pero caigo siempre en el mismo lodazal porque los cimientos están podridos. Sentirse bien todo el tiempo es una utopía, me engaño a mí misma y procuro rodearme de gente triste que mantenga ese fraude. Ahora, con la pandemia aún zahiriendo, me encuentro en mi salsa porque estoy rodeada de incertidumbre.

Mi padre era un gran narrador. A medida que iba cumpliendo años ampliaba la información de sus historias, algo así como ver un serial de televisión y esperar impaciente la próxima entrega con la emoción que da leer el epígrafe de “continuará”.  Yo nunca me he acordado de lo que sueño. A mí madre le sucedía todo lo contrario y recordaba sus sueños con una nitidez asombrosa. Las combinaciones de personas que jamás en la vida se habían conocido ni se conocerían eran fantásticas y en su mundo interior todo tenía sentido.

Pero no en el mío…

Mi madre soñaba mucho en la cama, pero poco en su día a día. Creo que no hubiese soportado la crisis del coronavirus, vivía en un estado de desdicha continuo, en cierto sentido tuvo suerte de morir al comienzo. Fue muy rápido, 48 horas, colapso pulmonar y al hoyo. Nos ahorramos los gastos del sepelio, que la economía no está para bromas. Yo la criticaba porque destruía mis ilusiones, aunque me gustaba compartirlas con ella en una especie de conducta masoquista. Ahora está muerta y no tengo con quien discutir. Intento hacerlo conmigo misma, pero me doy vergüenza ajena.

¿Cuánta gente no sabe dar el justo valor a las cosas pequeñas y desperdicia sus sueños perdiéndose en pensamientos negativos? Esto hace que la vida, inevitablemente, se dirija hacia la derrota. Sucede cuando se pierde el deseo de hablar con la gente, de escuchar, de esperar, de admirar a los demás. Lo insignificante suele ser mucho más interesante y enriquecedor que lo fastuoso, hablar con la tendera de tu barrio suele aportarte mucho más que reuniones de postín con catedráticos o eruditos.

Me dedico a la literatura. Sin comerlo ni beberlo soy una escritora famosa, de esas que firman libros en ferias e invitan a programas de radio y televisión para hablar de política. Cada vez que mi padre visita mi mundo y deja por unos segundos su universo aprovecho para acumular ideas e historias que al llegar a casa plasmo en un cuaderno de relatos. Cuando no esté quiero que esos momentos de felicidad permanezcan inmortales para siempre y poder leérselos a sus nietos. Mi madre me enseñó a contar historias a través de sus sueños y gracias a mi padre supe qué contar. Por ellos, en definitiva, comprendí que tenía que compartir con los demás mi mundo interior. Mi madre era una ametralladora, impulsiva, mientras que mi padre se caracterizaba por un carácter reservado, huraño la mayor parte del tiempo, solitario. Aún así tenía la capacidad de tranquilizar a mi madre, de darle paz y sosiego. Me imagino que por eso se querían tanto, porque eran como la noche y el día. Pero llegó el virus envuelto en rollito de primavera y terminó con todo…

Parece mentira que hace no mucho tiempo acudía a papá constantemente cuando tenía todo tipo de dudas, en particular aquellas relacionadas con el mundo académico o profesional. El ámbito del corazón lo dejaba para mi madre, aunque reconozco que infravaloré a mi padre en más de una ocasión y después me sorprendió con una empatía enorme a la hora de hablar de sentimientos. Hace diez años me casé con Alejandro. Al principio recuerdo que no le soportaba. Me parecía un chulo que solamente quería llevarme al catre. Y me llevó, pues yo no soy ninguna monja, pero soy un hueso duro de roer y no le entregué mi corazón hasta mucho tiempo después de conocerle. Gracias a mi padre no le mandé a paseo y me di una oportunidad para ser feliz. Álex convirtió mi vida en una fábula con moraleja enriquecedora.

– Pero, ¿qué pretendes? ¿Te crees que soy tonto? Llevas toda la vida acumulando novios y ligues con fecha de caducidad, como los yogures. Lo que te pasa es que estás muerta de miedo, acojonada de comprometerte. Alejandro es ideal para ti, te deja tu espacio, te respeta, te quiere y te tranquiliza. Deja de hacer el gilipollas y madura.

Me sentaron fatal esas palabras de mi padre, en especial cuando me dijo que era una inmadura. Pero reconozco que tenía razón, le hice caso y sigo con Alejandro, a quien cada día quiero más. Nos tiramos los trastos a la cabeza muchas veces, hay noches en las que le encerraría en la nevera, otras en las que me lo comería a besos. Supongo que eso es el amor y supongo que estoy repitiendo el mismo patrón que siguieron mis padres cuando se conocieron.

Mi madre murió sola en una habitación de hospital. No nos dejaron despedirnos de ella. Espero que la noche en que sus pulmones se llenaron de coluvie soñara algo bonito, no conmigo ni con su marido, sino con ella misma, que se vislumbrara en un sitio con alegría, justo lo que le faltó en vida.

La memoria de mi padre ha ido apagándose poco a poco. Hubo un tiempo en que yo vivía en el extranjero y le veía de pascuas a ramos, lo que hacía que el cambio que experimentaba en su interior fuese aún mayor para mí. Ya por teléfono se percibía que su antaño prodigiosa velocidad mental había mermado, que su elocuencia no era la misma y que tenías que repetirle las cosas tres o cuatro veces. Afortunadamente, al cabo de no mucho tiempo pude volver para estar a su lado y asistir al proceso que estaba desintegrando en cierto sentido lo que había sido mi padre.

He hablado de felicidad, de alegría, de amor, de pequeños instantes de luz, pero no soy ingenua y lo que late en el fondo de todo esto es una putada de marca mayor. Hablamos de que una de las personas que más he querido en el mundo está pero no está, una especie de fantasma que pasa sus últimos días sin recordar lo que ha sido. Al menos, no se ha dado cuenta de que su mujer se ha ido coronada… Puede que hasta haya tenido suerte.

Pagaría millones por teletransportarme y regresar al pasado, por volver a ver el salón decorado con esas figuritas que me desesperaban a la hora de limpiar el polvo, por contemplar el obsoleto gotelé de las paredes, por escuchar juntos canciones de Janis Joplin atravesando en coche una España que se desperezaba de años de oscurantismo, por oler el guiso de mi madre en la cocina, por sentir los poderosos brazos de mi padre rescatarme del sofá los viernes por la noche en un mundo libre de enfermedad…

Pero en esta vida hay que avanzar y resignarse no lleva a ningún lado. Por lo tanto me quedo con esos momentos de luz en los que mi padre vuelve a mi vera. Cuando el túnel en que se encuentra atraviesa un sendero en el que se genera un fulgor, yo me acerco a él, le cojo la mano, le doy un beso y le escucho.

Todos aquellos que se van dejan siempre aquí un poco de ellos mismos, ¿verdad? Puede que ese sea el secreto de la memoria. Sé que en el fondo de su corazón sabe quién soy, es imposible que la memoria se separe del alma como el que separa dos lonchas de jamón. Mi padre sigue aquí.

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