La caja de sorpresas de Turquía por Josan Ruiz

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Viajar por el oeste de Turquía a veces es como recuperar un antiguo álbum de fotos. Con la peculiaridad de que no recoge la historia de una familia, sino de nuestra propia civilización. Ese viaje en el tiempo puede empezar ante la estatuilla de la diosa madre de Çatal Höyük, que da a luz sentada en su trono, flanqueada por dos leones. En el octavo milenio a.C., los habitantes de la ciudad más antigua que se conoce eran hábiles agricultores y veneraban tambiéna un dios de la tormenta, representado por un hombre barbudo cabalgando un toro. Los pueblos que les sucedieron aprenderían a fundir el bronce y el hierro y a fijar sus leyes por escrito, acaso para no depender de la arbitrariedad de un soberano. Pero preservaron la fe en esas dos potencias divinas: Tesub, el supremo dios hitita de los cielos, con un rayo como cetro regía los fenómenos atmosféricos. Cibeles, la diosa frigia de la fecundidad y la montaña, era conocida como la Gran Madre y su energía vivificaba las fértiles tierras de Anatolia. En la ciudad de Hattusas (200 km al este de Ankara) se hallaron miles de tablillas con inscripciones de la primera lengua indoeuropea conocida. Todavía es posible rastrear en ellas los orígenes del alemán o del inglés. Los hititas llamaban watar al agua cuatro mil años antes de que los turistas compraran water en ese recinto arqueológico. O dohter a las hijas, anticipándose tres milenios a los islandeses (dóttir).

 

Éfeso, la ciudad clásica mejor conservada del Mediterráneo Oriental, fue un activo puerto comercial y un gran centro de culto a Cibeles. Cuando los pueblos dorios asolaron Grecia en el siglo XI a.C., los jonios huyeron desde el Ática hacia las costas de Asia Menor. Siglos después, pasarían el testigo de las artes, las letras y la poesía a la nueva Atenas.

Bajo la influencia de los jonios, Cibeles se transformaría en Artemisa, la diosa griega de la caza y de la luna, que interviene en los partos y que tanto puede dar la vida como quitarla súbitamente. El templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, superaba en esplendor y tamaño al Partenón. Los visitantes hacían valiosas ofrendas. Creso, el rey lidio en cuyo reinado se emitieron las primeras monedas de oro, donó parte de su inmensa fortuna para concluir las obras del santuario. Con la llegada de los romanos, Artemisa se convertiría en Diana.

En el museo de Selçuk, la acogedora ciudad turca donde suele pernoctar quien visita Éfeso, una estatua de la Artemisa de los mil pechos sigue siendo el foco de atención. Los senos de la diosa presentan forma de huevo (o de testículo de toro según otras interpretaciones) y se ordenan en apretadas hileras. El pórtico de la biblioteca de Celso en Éfeso, presidido por las estatuas de Areté (la Excelencia), Nous (el Intelecto), Episteme (el Conocimiento) y Sophia (la Sabiduría) cautiva las miradas. El inmenso teatro romano goza de una acústica inaudita. Éfeso poseía complejos sistemas de alcantarillado; su extensa Vía Sacra –por la que pasearon María o san Juan, que vivieron en la ciudad– estaba techada y en verano caían cortinas de agua por ambos lados para refrescar el ambiente.

En Jonia, la región que rodea a la actual Esmirna, nos rodea una naturaleza amable, donde los ríos que descienden de Anatolia fertilizan una llanura costera abierta a un mar cuajado de islas. El dulce clima incita a convivir al aire libre; la comida es sabrosa; la gente, alegre y comunicativa. Se puede pasear por calles y plazas, a la sombra de los árboles, descubriendo un mundo exótico y extrañamente familiar. Los occidentales que hoy visitan los enclaves arqueológicos o cenan a la fresca encarnan solo a una más entre las muchas civilizaciones y pueblos que ha acogido Jonia, cuna del poeta Homero. Hititas, frigios, lidios, licios, griegos, persas, romanos, bizantinos, cruzados, otomanos… todos se instalaron de buen grado y partieron si no quedaba otro remedio.

 

Fue precisamente en este entorno, moderado y pródigo al mismo tiempo, donde la humanidad ensayaría una nueva forma de pensar. En los siglos VII y VI a.C., los filósofos presocráticos gestaron lo que se conoce como el paso del mitos al logos; es decir, dejaron de considerar el mundo y la vida un designio o un capricho divinos para intentar comprenderlos de un modo puramente racional. Los conceptos que acuñaron, las preguntas que se plantearon y, sobre todo, la libertad intelectual con que intentaron responderlas, constituyen los cimientos de la ciencia moderna. A los presocráticos les debemos el concepto de naturaleza, término latino para la physis griega, derivada del verbo phyo (crecer). Para estos pensadores, la naturaleza surge, crece y se desarrolla de un modo ordenado. Mediante la razón, es posible comprender los principios que explican su devenir.

Mileto fue la más prospera de las polis jonias. La ciudad mantenía relaciones comerciales con enclaves del Mar Negro, Mesopotamia, Egipto o el sur de Italia, y de ella dependían decenas de colonias. En ese ambiente cosmopolita, de una ciudad abierta al intercambio de mercancías e ideas, vivieron Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Fueron maestros tanto en las matemáticas, la astronomía o la náutica como en intentar comprender el orden y el movimiento de la vida.

 

Los presocráticos buscaron la esencia del ser que permanece tras los cambios aparentes, así como el arché, el elemento original del que podían derivar los demás. Para Tales, el arché era el agua. Su discípulo Anaxímenes dio prioridad al aire, en un mundo gobernado por el Pneuma (espíritu) y Nous, la mente suprema. Anaximandro alude al Ápeiron, lo indefinido e ilimitado, siendo el primero en aplicar la palabra cosmos al conjunto del universo. Para Heráclito de Éfeso, todas las cosas procedían del fuego y la realidad entera está sujeta a cambio: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, según su famosa máxima. Pitágoras, originario de la vecina isla de Samos, afirmó que las cosas son números y que estos tienen personalidad. Leucipo de Mileto y su discípulo Demócrito describieron la estructura atómica de la materia, cuya existencia dedujeron partiendo de la unidad inmutable del ser argumentada por Parménides.

A principios del siglo V a.C., Darío I destruyó Mileto. La conquista persa se vivió como una tragedia en Atenas y marcó el paso del periodo arcaico al clásico en la filosofía griega. Pero la ciudad se volvió a levantar adoptando el innovador plano en retícula de Hipodamo de Mileto, padre del urbanismo moderno. A partir del siglo VIII, el activo puerto de Mileto fue colmado por los sedimentos fluviales y de la ciudad nos ha quedado el teatro ampliado por los romanos, un estadio y un conjunto de ruinas que se inundan en los meses lluviosos, entre solitarios campos de algodón. Muy cerca se hallan los restos de Priene, una ciudad menor, pero cuyo templo de Atenea encarna la quintaesencia del arte jónico. Las cinco esbeltas columnas que permanecen en pie muestran hasta qué punto el arte griego logró fundirse con el paisaje. Tras ellas se alza el telón rocoso del monte Mykale, y a sus pies serpentea el caprichoso río Meandro (Büyük Menderes en turco), cuyos bucles designan hoy a una gran curva fluvial.

 

En el suelo donde germinó el pensamiento científico enraizaron también poderosos mitos, pues estos ofrecen a los hombres otras vías de conocimiento. Dídima, al sur de Mileto, acogió un enorme templo a Apolo y un oráculo tan importante como el de Delfos. Entre las bases de sus 120 ciclópeas columnas sobresale la cabeza de Medusa, el monstruo que tenía serpientes en vez de cabellos y que petrificaba de horror a quien la miraba, acaso porque le mostraba, reflejado, cuanto rechazaba de sí mismo.

Al sur de la bahía de Edremit, tierra adentro, se encuentra Pérgamo. Su teatro para diez mil espectadores y su acrópolis de inmaculadas columnas (otra de las siete maravillas del mundo antiguo) coronan una montaña en un escenario de sobrecogedora belleza. Los espléndidos frisos del altar de Zeus, de los que se enorgullece el Museo de Pérgamo de Berlín, ilustran la batalla entre los dioses del Olimpo y los gigantes del inframundo. Estos últimos, representados como luchadores coléricos, son derrotados por unas deidades apolíneas que combaten sin tensión aparente.

 

 

A los pies de la acrópolis, la ciudad de Bergama permite apreciar el estilo de vida turco. Y también visitar el Asclepeion de Pérgamo, un santuario médico similar a los de Epidauro o la cercana isla de Cos, cuna de Hipócrates. Los enfermos recibían en él masajes y tratamientos con plantas, además de beber del manantial sagrado. El generoso caño sigue manando, de modo que, si se quiere hacer una excepción con el agua embotellada, ¿por qué no aventurarse con esta fuente, antaño bendecida por las náyades?

Curarse en el Asclepeion requería atravesar ritualmente el pasillo subterráneo que conducía al templo de Telesforo y pernoctar sobre la piedra de los sueños, así llamada por su facultad para inducirlos. Como un moderno psicoanalista, el terapeuta (etimológicamente, el “servidor” o “escudero” del guerrero) diagnosticaba al paciente teniendo en cuenta lo soñado; otras veces el sueño mostraba en sí mismo la vía para curarse. El símbolo médico de la vara de Esculapio, en torno a la cual se enrosca una serpiente, atestigua la importancia que tenía el culto a esos reptiles en las ceremonias de curación, tal vez por su facultad para revivir mudando de piel o por sus vínculos con lo telúrico. Galeno, que nació en Pérgamo y fue médico de Marco Aurelio, conoció todas esas prácticas, las depuró y las sistematizó en decenas de obras que recogían valiosos conocimientos anatómicos y fisiológicos. Pérgamo también fue célebre por la calidad de sus pergaminos, que tomaron de ella su nombre. Se perfeccionaron a instancias del rey Eumenes II, a fin de que la gran biblioteca de Pérgamo, solo superada por la de Alejandría, no dependiera del suministro de papiros.

Viajar por esta zona de Turquía resulta pues un deleite para los amantes del arte, la historia o la filosofía. Los recintos arqueológicos y los nombres de los sabios vinculados a ellos proponen un estimulante juego de pistas… que siempre se puede postergar para zambullirse en el mar o saborear un café turco bajo un platanero. El litoral es abrupto, con bosques que a menudo llegan hasta la orilla del agua. Los transportes públicos por carretera superan en eficacia a los de muchos países europeos y la flamante red de autovías permite viajar cómodamente con un vehículo alquilado. En la costa meridional de Turquía, aunque eso ya nos apartaría del Egeo, las montañas pueden superar los tres mil metros, están nevadas en invierno y descienden como cortinajes hasta un mar azul turquesa. La carretera que atraviesa esa cornisa hasta Antalya tiene una belleza que linda con el vértigo. Ríos caudalosos se abren paso en esas murallas pétreas y en sus deltas crean enormes playas donde desovan las tortugas. Dondequiera que nos detengamos, es fácil que nos sorprendan la simpatía y la hospitalidad turcas. Esas virtudes, que suelen asociarse con la vecina Grecia, arraigaron quizá con más fuerza si cabe en esta tierra, el vivero de algunos de los grandes avances de la humanidad.

Recorrí por primera vez esta zona en 1986, combinando la bicicleta de carretera con tramos en autobús, y así llegué hasta el Monte Ararat y a las plantaciones de té a orillas del Mar Negro. Me impresionaron los campos con personas trabajando sin herramientas mecánicas y las fuentes manando en medio de la estepa, rumbo a Afrodisias y Pamukkale, o mucho más al este, al cruzar el Éufrates. Las calzadas, incluso en plena noche, eran un bullir de vehículos, carretas, peatones y animales. De día, tractores con remolques atestados de campesinos traqueteaban hacia los cultivos. Las mujeres, con sus holgados pantalones floreados, parecían mantener vivo el hálito de la tierra. Al atardecer buscaba pensión y un lokanta (restaurante) para cenar. En ese deambular por calles polvorientas, oía chisporrotear el aceite en las cocinas abiertas y me embargaba una sensación de rara familiaridad: ¿Es Andalucía? ¿Es la India? ¿Es Creta? ¿Es la niñez?

Con la palabra turca keyf tuve un amor a primera vista. Traducirla como “placer” no sería del todo exacto. Imaginemos a un viajero sentado en un café que evoca los buenos momentos del día. Nada le ocupa. Está relajado, está lúcido, ninguna inquietud le ronda. Contempla las escenas callejeras, paladea el té y experimenta una sensación de ociosa plenitud. Del vaivén entre sus mil sentimientos, solo quedan dos supervivientes: cierto amor y cierta tolerancia. Está a gusto en el mundo y disfruta viéndolo pasar, sin interferir en él. Eso es keyf.

El retrato más célebre que nos ha quedado de Mehmed II es una miniatura del sultán oliendo atentamente una rosa. El conquistador de Constantinopla, el hombre más poderoso de su tiempo, tenía presente que hay pocas cosas equiparables al aroma de una flor. Y un proverbio turco dice: “El mundo es una rosa; respira su perfume y pásasela a tus amigos”. Para dar continuidad a aquel gran primer viaje de juventud, décadas después retorné dos veces a Turquía en familia. Quería que Cristina, Alicia y Éric conocieran con sus propios ojos esa fructífera tierra donde Oriente y Occidente se encuentran, acometen o se dan la espalda casi como si fuesen dos placas tectónicas. Y donde tantas cosas vieron la luz, quién sabe si por esa misma razón.

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