¿La educación es pública o estatal? Por Sergio R. Palacios

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Por Sergio R. Palacios  Abogado y Profesor de Economía Política de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP

 

¡El Rey está desnudo! Y todos miran y cuestionan a quien lo dijo ya que nadie se anima a mirar al Rey. Es más fácil atacar y masacrar a la desubicada que lo dijo que andar cuestionando al Rey. Es muy conveniente no enterarnos que el Rey anda sin ropa, más si la idea es que la negación o ignorancia alimenten un placebo de felicidad.

Pero en el espacio intelectual, en el ámbito donde el conocimiento fluye en un ida y vuelta continuo, elegir atacar a una persona por sus dichos en lugar de concentrarnos en aquello que denuncia es un acto signado por la comodidad, irresponsabilidad y desde ya la cobardía. ¿Cuáles son las consecuencias de elegir uno u otro camino?

Si los comentarios de la ministra Soledad Acuña fuesen inexactos, quedarían como palabras ingratas que se las devorarían el aire y el olvido. Como mucho algunas personas o grupos de personas podrían considerarse ofendidas o molestas.

Pero, si fuese real que existe intervención y manipulación ideológica y/o adoctrinamiento en muchas instituciones que van desde jardines de infantes hasta el ámbito universitario, las consecuencias serían de la más extrema gravedad. Sin embargo, lo que se observa como consecuencia es el camino fácil. Es muy propio de estos tiempos donde “el simulacro”, siguiendo a Jean Baudrillard, es un rasgo distintivo en todos los órdenes de la sociedad: “sustituir la realidad por los signos de lo real”.

Si la educación es intervenida ideológicamente para dirigir el pensamiento se eliminan sus dos insumos base: la libertad de pensar y crear. Esas son las características que más se destacan en aquellos países donde la educación y la formación de los recursos humanos desde la más temprana niñez son primeras en la agenda pública.

El adoctrinamiento y uso de la niñez para propósitos políticos y corporativos distinguieron a los Estados donde la democracia estuvo abolida o amañada: Alemania e Italia en las décadas de 1930 a 1945; la España predemocrática; países del este de Europa y, desde ya, en distintos periodos en nuestro país.

Argentina fue un faro en materia educativa. Junto a Estados Unidos centró en su sistema público y masivo la base del progreso social y económico; pero desde hace años que la degradación paso a ser la regla.

La educación en la medida que el poder estatal o corporativo ejerce sobre ella imposiciones ideológicas para adoctrinar deja de ser pública. Si alguien quiere distinguir qué es público debe remitirse a las plazas. Sí, las plazas, el mismo espacio que desde la antigüedad las personas intercambian vivencias, respiran, juegan, leen, caminan libremente sin que nadie diga a otro que debe hace y como debe hacerlo en un contexto claro de respeto por quienes comparten ese ámbito. ¿Es la escuela o la educación en Argentina un espacio similar?

Desde hace un tiempo que todos los días conocemos experiencias de instituciones que le dicen a sus alumnos quien es malo y quien es bueno. Lo hacen con una retórica direccionada y hasta es parte de bibliografías y evaluaciones.

Debe analizarse con sentido crítico lo expuesto por Acuña. Se espera algo más fino que las pobres respuestas mediante los slogans de siempre. ¿Qué educación tenemos si apenas podemos producir slogans y diatribas para rebatir argumentos, datos relevados o hechos?

Mis hijos en nuestro hogar son libres para pensar y crear porque esa es la vacuna contra los autoritarios que imponen ideas y doctrinas. Frente a la TV, cuando aparece Alberto Fernández, con seis años dicen “El Presidente”. Porque en el hogar eso le explicamos: Alberto Fernández es el Presidente, un hecho. No le decimos lo que pensamos sobre él ni que consideración tenemos sobre su persona o sus acciones políticas (la mis es pésima). No es ni gato, ni tigre, es el Presidente.

Eso es lo que debemos esperar de las instituciones públicas, eso es lo que hago en la Universidad. No le escapo a ningún tema y digo lo que estimo necesario, pero jamás adoctrino. En mi mente solo me vigilan Ivan Illich y Edgar Morin, que me compelen a hacer del aula un espacio donde se practique con total libertad el intercambio de ideas, opiniones y experiencias, en síntesis, una plaza. Para ello, como docente, no necesito slogans ni sarasa sino acciones responsables de mi parte que lo garanticen. La educación debe hacer ciudadanos libres y empáticos para interactuar en la sociedad, no soldados obedientes de aquello que le es impuesto como idea única.

Terminemos con la cobardía de no cuestionar ni denunciar la manipulación de las mentes. La libertad de pensamiento es la política de una educación que pretenda ser pública. La manipulación y adoctrinamiento son las políticas de los autoritarios y de las falsas ideologías que necesitan imponer anulando la opción de pensar por uno mismo. Por eso no caigamos en el “simulacro educativo” llamando pública a aquella educación que en Argentina desde hace mucho es apenas estatal.

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