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Los Rodríguez: la agitada vida breve del grupo perfecto

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Pablo Carrero

“Es como si hubiéramos vivido una vida entera en solo unos poquitos años”, recuerda Germán Vilella, batería de Los Rodríguez, haciendo balance de la formidable trayectoria del grupo durante la primera mitad de los años noventa. Los periodistas y activistas musiqueros Kike Babas y Kike Turrón publican Sol y sombra, una completa y más que entretenida biografía oral (exquisitamente editada por Bao Bilbao Ediciones) del que fue el mejor grupo del rock español de su generación.

Fueron años de vértigo, en los que todo parecía moverse a toda velocidad y en los que grabaron tres fantásticos discos oficiales en estudio, el controvertido Disco Pirata en simulado directo (“un disco malo”, reconoce Ariel Rot) y un recopilatorio de despedida. Insiste Vilella: “¿Has visto las fotos? Somos unos críos en las primeras y unos curtidos veteranos en las últimas, envejecidos, con el pelo largo, maltratados… Pasó de todo”.

Por las páginas de la espléndida biografía oral del grupo madrileño pasan el resto de los Rodríguez supervivientes y un apretado coro formado por colaboradores, músicos, técnicos, promotores, directivos discográficos, productores, fotógrafos, amigos y periodistas.

La escena musical española del cruce de décadas entre los ochenta y los noventa era algo extraña y confusa. Después de la eclosión de la nueva ola (empaquetada luego como la Movida), aquel movimiento había languidecido. Aunque algunas sí se mantenían en forma y gozaban del respaldo popular (Radio Futura, Mecano…), muchas de sus bandas protagonistas habían desaparecido o sobrevivían a duras penas, haciéndose, además, cada vez más evidente la falta de un relevo generacional.

En Tequila (ya desaparecidos desde 1982) había militado el guitarrista, vocalista y compositor Ariel Rot, cuya carrera en solitario (un par de discretos álbumes de desafortunada producción en 1984 y 1985) no acaba de despegar, de manera que se decidió a hacer las maletas: “En España no pasaba nada, así que me fui a vivir a Buenos Aires”. Allí entra en contacto con Andrés Calamaro, artista prominente de la escena local que había tenido algunos éxitos como teclista y compositor en Los Abuelos de la Nada. Calamaro prepara el relanzamiento de su carrera en solitario y Rot se incorpora a su banda de acompañamiento como guitarrista, dando forma al germen, en realidad, de lo que unos años después y unos miles de kilómetros más acá serán Los Rodríguez.

Siendo Calamaro y Rot sus principales compositores y sus rostros más reconocibles no es en absoluto justo borrar del primer plano a Julián Infante y a Germán Vilella, dos músicos brillantes e inspirados que acaban de completar un cuarteto (apoyado en directo por el bajista Daniel Zamora) realmente único y fabuloso.

Infante había coincidido con Rot en Tequila, de manera que cuando este regresa a Madrid en 1989 se junta con Infante y Vilella para montar una nueva banda. Aquello sonaba demasiado bonito como para no llamar a Calamaro y traerlo a Madrid: “venía a probar fortuna y a formar un grupo con ilusiones –recuerda Calamaro–… siempre se podría volver”.

La unión de aquellos cuatro poderosos caracteres funciona a las mil maravillas. Personalmente, los cuatro congenian desde el primer momento, convirtiéndose enseguida en “compañeros y camaradas”, o “soldados en la misma trinchera”, como señala Calamaro. Musicalmente, su alianza da lugar a la mejor banda del rock español del momento y una de las mejores de todos los tiempos, una singular y afortunada acumulación de talento.

Como pez en el agua

Como recuerda Ariel, en aquellos tiempos “Madrid era una fiesta”, pero lo era ya a una escala mucho menor que en los ochenta. La escena musical se desarrollaba en bares y salas pequeñas, con una apretada programación de nuevas bandas que solo muy puntualmente alcanzarían un éxito importante (Los Ronaldos). En aquella escena, Los Rodríguez se movían como pez en el agua, participando en jam sessions con todo tipo de músicos, compartiendo ensayos y conciertos, reuniéndose con amigos de la más diversa procedencia a diario en su “cuartel general”, el piso que los padres de Ariel tenían en la calle General Martínez Campos: “cuatro tiarrones de casi treinta años todo el día juntos. Éramos como niños de la E.S.O.”, recuerda Vilella.

La aparición de Buena Suerte, el primer disco de los Rodríguez, fue un acontecimiento. El éxito masivo tardaría todavía en llegar, pero aquello era una insólita pero perfectamente coherente combinación de estilos e influencias y, sobre todo, una asombrosa colección de fantásticas canciones interpretadas por una banda en estado de gracia.

Espléndidas guitarras que abordan con tanta clase el riff estoniano como el arreglo más delicado, exquisita y versátil base rítmica, espléndidas armonías vocales… El repertorio incluía rock and roll fogoso y vibrante un poco al estilo de Tequila (DisparaCanal 69La Parte de AtrásLa mujer de un amigo), preciosos medios tiempos (A los ojosLa mirada del adiósMi enfermedad) y, sobre todo, ese deslumbrante hallazgo que es Engánchate conmigo, emotiva crónica de una complicada relación sentimental a ritmo de rumba.

El disco, pues, lo tenía todo para triunfar… pero no lo hizo. Después de subrayar un esfuerzo promocional y económico al límite de sus posibilidades, Paco Martín (dueño de Pasión, el sello que lanzó el disco) reconoce que “todos me decían que era una mierda, que aquello no valía para nada”.

Amigos comprometidos

Pero el grupo era muy bueno, y ellos lo sabían bien. Contaban con la muy apreciable ventaja, además, de ser tan amigos de la fiesta y los excesos como profesionales, comprometidos hasta la médula con su trabajo.

Como estrategia para salir de una discográfica que había apostado por ellos pero que no había obtenido apenas resultados, en 1992 editan el fallido Disco pirata, grabando a continuación las maquetas de lo que sería su segundo disco. Nuevamente, las canciones son espléndidas, pero, también nuevamente, parece que a nadie le interesan. Cuando el desánimo empieza a hacerse fuerte en el seno del grupo y empiezan a trazarse planes de deserción, aparece Alfonso Pérez, director artístico de DRO/Warner, que se entusiasma con aquellas canciones y decide fichar al grupo de inmediato.

Seguramente no es tan redondo como el primero, pero Sin documentos está igualmente lleno de grandes canciones, con el añadido de que su potencial comercial es aún mayor. Ahora sí empieza el verdadero ascenso del grupo. El primer single, que da título al álbum, es una hábil y resultona combinación de rock and roll y rumba (ellos mismos reconocen la influencia de Chiquilla, el exitazo que Seguridad Social habían logrado el año anterior con ingredientes similares –aunque con menos clase–) que sube como la espuma en las listas de éxitos y suena en todas las emisoras.

Las cosas parecen ir sobre ruedas. Hacen un montón de conciertos y cada sencillo se convierte en un nuevo y enorme éxito, tanto en España como en Argentina y en otros otros países latinoamericanos. Al mismo tiempo, sin embargo, el espíritu de fraternidad que había presidido las relaciones en el seno del grupo durante los primeros tiempos se va resquebrajando.

El reparto

A Calamaro, que empieza a pensar cada vez más seriamente en reemprender su propia carrera en solitario, se le ocurre lo que él mismo llama “el asunto infame de los porcentuales”: un nuevo reparto de los beneficios según el que él mismo es quien más cobra y Germán Vilella, el batería, el que menos. “No había motivos para romper con el reparto en partes iguales –insiste el vocalista y teclista–. No haría eso mismo ahora. Le pido perdón a mis compañeros”.

Aunque todos aceptan la imposición para salvar el siguiente disco y una carrera entonces muy prometedora, la herida que abre es profunda y nada vuelve a ser como antes. La grabación del tercer disco, realizada en un estudio idílico ubicado en la Serranía de Ronda, se salva con una especie de pacto de no agresión. Las ventas de Sin documentos permiten un presupuesto potente y, aunque “cuando empezamos a planear el Palabras más la cosa estaba ya muy jodida”, como recuerda Vilella, resuelven la grabación razonablemente. Calamaro: “En El Cortijo –el nombre del estudio de grabación– reinó muy buen ambiente, fumando chocolate, escuchando música, disfrutando del panorama y grabando con ganas”.

El resultado es otro disco espléndido en el que nuevamente se combinan rock and roll, reggae, rumba y los clásicos medios tiempos con luminosas melodías pop típicos de Calamaro. Canciones formidables que son, a la vez, auténticos caramelos para la radio comercial.

El disco funciona muy bien, pero el grupo está deshecho, y, aunque estiran la gira de presentación casi un año más para incorporarse a la de Joaquín Sabina, la suerte estaba echada.

La ceremonia de despedida consiste en la edición de un recopilatorio de apropiado título: Hasta luego.

Engánchate conmigo

https://youtu.be/KOk5DDQD8rA

Tormentas de arena

https://youtu.be/esYQ73J_tZc

Canal 69

https://youtu.be/fXw4FQ24uLQ

Mi enfermedad

https://youtu.be/ieZ6BbJ6CBo

Mi rock perdido

https://youtu.be/pJ-N_RBtSsc

Dulce condena

https://youtu.be/qpfMFyJlUt4

Mala suerte

https://youtu.be/ypi0mFEtbis

Diez años después

https://www.youtube.com/watch?v=xgf-gaWOwZ0&feature=youtu.be

 

Para no olvidar

https://youtu.be/zNn254_erzE

 

El tiempo lo dirá

https://youtu.be/2g9gTbnAV6Y

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