Todos somos esenciales por María Elina Serrano

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Esta semana, la titular del Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional 1, María Servini de Cubría, se contagió de coronavirus. Reclamó que se inmunice con las dos dosis a su equipo de trabajo de la Justicia Nacional Electoral, amenazando con impedir la realización de las primarias.

  

María Romilda tiene 84 años. Es jueza federal con competencia electoral desde 1990, designada por Carlos Menem. Fue defensora oficial desde 1974 y en ese rol le tocó defender a María Estela Martinez de Perón, después de su derrocamiento en 1976. Esa tarea le costó a su marido (fallecido en 2010, Juan Cubría) el pase a retiro como oficial superior de la Fuerza Aérea.

La ultrafamosa jueza intervino en causas muy importantes en su larga carrera jurídica, entre ellas, la instrucción del caso del Clan Puccio, el asesinato en Buenos Aires del general chileno Carlos Prats y el “Yomagate”, caso de lavado de dinero que involucró a la cuñada de Menem, Amira Yoma.

La jueza dio una advertencia sobre el futuro de las PASO«Si en estos días no se vacuna mi gente, yo te digo que no se van a hacer. No voy a exponer a 25 personas que están todo el día trabajado a que se enfermen». La justicia federal tiene unos 26.000 empleados en todo el país, la mayoría vacunados al menos con una dosis.

Julia, cajera 

Julia (43) trabaja en un supermercado. Nunca paró de trabajar por la pandemia. Solo unos días que se sintió con dolor de garganta, se quedó en su casa, hasta que se hizo el hisopado y le dio negativo.

Todas las mañanas toma el transporte público para ir a su trabajo. Con barbijo siempre bien colocado, con el alcohol en gel en la mochila. Ella es consciente de que al principio se cuidaba más: se cambiaba ni bien entraba a la casa, desinfectaba todos los elementos, las llaves, las bolsas de las compras.

Ahora intenta hacerlo todos los días. Le preocupa, porque dicen que la nueva cepa impacta fuerte entre los de mediana edad. Pero no hay otra, hay que seguir trabajando. No es población de riesgo y agradece no tener otras complicaciones de salud. Julia aguanta y espera que todo mejore.

En el supermercado ve los cambios en los precios en primera fila, escucha a la gente, los comentarios. Ella cree que es una trabajadora esencial.

Román, operario

Román (23) es playero en una estación de servicio. Terminó la secundaria y se anotó en una Tecnicatura en Administración de Empresas. Con mucho esfuerzo personal y familiar, ya aprobó la mayoría de las materias. Al principio pudo cursar, era a la noche. Cuando un golpe de suerte lo hizo entrar en la estación de servicio, dejó de ir a clase por los turnos rotativos.

“Es más importante un trabajo en blanco que un título terciario que tal vez no ocupe”, pensó Román.

El trabajo le gusta. Muy rápido aprendió a manejar los sistemas, y con mucha paciencia entusiasma a los mayores a que paguen con la app. La tecnología lo deslumbra. Va a trabajar todos los días en su moto de baja cilindrada. Al principio iba en la de su hermano mayor, pero ni bien tuvo papeles pudo comprarse una en cuotas. Todo sea por no tomar el colectivo, piensa Román, ahí mucha gente se saca el tapabocas.

Inesperadamente, se contagió en los primeros meses de la pandemia. Por contacto estrecho, en la casa de su novia, donde toda la familia se contagió. Pero no fue grave, como una gripe fuerte nomás. En diez días estaba otra vez trabajando. No espera que lo llamen para vacunarse.

Él sabe que es un trabajador esencial.

Adriana, administrativa

Adriana (58) trabaja para una empresa telefónica. Se cuida mucho, cuando cumplió 50 dejó de fumar y eso la preocupa, si bien no está en una situación de riesgo para enfrentar el COVID, sabe que sus pulmones no están impecables.

Adriana todavía no puede superar la pérdida de su papá: Juan Carlos, de 85 años. Falleció en noviembre y fue muy duro para todos. “Por suerte no sabemos bien quién lo contagió, aunque todos nos sentimos culpables. Varios se enfermaron, sabían que estaban con COVID y se aislaron, pero otros pueden haber sido asintomáticos. Solo hisopaban a quienes tenían síntomas y somos una familia grande”, dice Adriana.

Un tiempo trabajó desde su casa, le instalaron una computadora nueva, desde donde podía atender reclamos de los clientes. Cuando se habilitó el transporte, volvió a las oficinas. A su escritorio le pusieron una pantalla transparente. Usa siempre barbijo, tiene a mano el alcohol para las manos y todos los elementos que toca. Igual, preferiría seguir trabajando desde su casa, pero no se puede.

Ella entiende que es una trabajadora esencial.

En primera persona

Millones de personas trabajaron desde el inicio de la pandemia. Exponiéndose a contraer la enfermedad, cuidándose, cuidando a su familia. No todo salió bien y los resultados fueron diversos. Quienes perdieron a sus seres queridos en este año saben bien con qué ansiedad se espera la vacuna. Algunos agradecen, otros no. Pero hasta los más detractores del gobierno y los ex “antivacunas” han subido sus fotos a las redes sociales, mostrando el instante mágico que los protegerá de las complicaciones derivadas del COVID.

Primero están los encargados de cuidarnos, el personal de salud que se enfrentó al virus desde el primer día. Pero también son esenciales quienes trabajaron para que pudiéramos alimentarnos, movilizarnos, comunicarnos. Los docentes que olvidaron su vida personal ante la catarata de whatsapp y aprendieron a enseñar a la distancia.

Sí, los empleados judiciales también. Pero otros trabajadores se han expuesto mucho más que ellos: periodistas, camioneros, operarios, agricultores, cuidadores domiciliarios.

Nadie sobra en esta sociedad.

Todos somos esenciales para alguien.

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